domingo, 5 de julio de 2020

UN LUGAR





                                            
Willem de Kooning, Excavación, 1950




La historia de las ideas  es la
historia del rencor de los solitarios”.

Cioran.

        En la parte de adentro de lo más atrás de mi cráneo hay un lugar que huele a sopa. Es un lugar lleno de idiomas muertos; un lugar con animales de colores que ya casi no existen. El lugar tiene calles blanditas que suenan a la palabra “pájaro”, tiene carros hechos de burbuja y un mar. Hay, en el fondo del lugar, en el borde del agua, una cabaña con una hamaca blanca para pasar las tardes leyendo poemas y rascándose las plantas de los pies. Hay cigarrillos frescos, una manguera, una nevera de icopor y, todas las mañanas, un plato de cereal de granos integrales de chocolate. Hay un machete en la esquina izquierda de la cabaña y, a veces, sobre todo en las tardes de la hamaca, ladran los animales grandes y suenan, en el viento caliente, los animales pequeños. Huele, también, a pasto y a lluvia y a panadería.
       Llegar a ese lugar tiene su parte fácil y su parte difícil. Fácil por el método, difícil por el volcán que se forma en el tiempo, en las moléculas.
       El método: cierro las cortinas de la ventana de mi cuarto y apago todas las luces excepto la lamparita para leer, la luz tiene que quedar apuntando al techo. Queda todo amarillo y blanco y negro. Me desnudo (quedo sólo en calzoncillos) y prendo el ventilador y me enrollo en las sábanas. Hago una cueva lo suficientemente oscura para alejar a las moscas pero lo suficientemente clara para seguir sintiendo la luz del techo del cuarto. Ya enrollado en la cueva, empiezo a respirar tranquilo y a pensar, solamente, en la respiración. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho… y otra vez, y otra vez, y otra vez.  A los 15 minutos empieza a oler a sopa y a lluvia y a pasto y a agua salada y a cereal de chocolate y a mangueras y al color de la cerveza y de la brisa.
       El volcán que se forma en el tiempo: quedarse ahí, en la parte de adentro de lo más atrás de mi cráneo, es una guerra. El lugar está  hecho por personas muy solitarias para que vivan personas muy solitarias. Todo está pensado para poder estar ahí en uno mismo, en el silencio de uno mismo, rascándose las plantas de los pies y leyendo poemas y escuchando el sonido de la espuma. Pero es que, cómo les digo, a veces los lugares muy solos son lugares muy solos. Y aparece el volcán y sus tiempos y sus ganas de color azul y de frotarse las pupilas y las partes carrasposas del cuerpo. ¿De qué sirve leer un gran poema en una hamaca si no es para leérselo en voz alta a otra persona que va enredando sus pies en tu cuerpo mientras van sonando los versos y la espuma?, y ese tipo de preguntas aparecen. Entonces la guerra: uno respira, uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho… y piensa, solamente, en la propia respiración, y uno no se deja sacar de ahí, y uno va ganando la pelea hasta volver, otra vez, más tranquilo, al silencio del machete de la esquina y a los carros burbuja y a la geometría del agua salada.
      Como la historia de las ideas es el rencor de los solitarios, hay algunas reglas, diseñadas con el rencor de los solitarios, para poder quedarse en ese lugar, ahí, pasando tardes y tardes y tardes y tardes, y mañanas y mañanas y mañanas y mañanas, en la cabaña del borde del mar. En realidad, aparte de cómo llegar, hay sólo una regla: si alguien, sea quien sea, lleva a otra persona a ese lugar, sea quien sea, el lugar se empieza a esfumar con el torbellino del tiempo y de las nubes anaranjadas. Cada minuto que estén dos (o más) personas juntas en el lugar (en el mismo lugar del lugar) se desaparece un cincuentavo (1/50) del espacio y del tiempo y de la gravedad y de la vida y de los objetos y de la música y de las moléculas. Ciencias fáciles: si uno pasa 50 minutos ahí con otra persona (o personas) el acceso al lugar se va para siempre. Humanidades fáciles: si uno pasa, digamos, 16 minutos en el lugar con otra persona (o personas) se podría perder, para siempre, el acceso a algunos de los detalles más perfectos que hacen que ese lugar sea ese lugar.
    La regla no supone ningún problema, por supuesto, porque ese lugar sólo nos interesa a las personas muy solas. Pero bueno, hay huecos del tamaño del corazón de las ballenas, piscinas del tamaño de las tripas, olores del tamaño de la electricidad, matas verdes del tamaño de los niños descalzos, cohetes del tamaño de los cangrejos, tristezas del tamaño del sudor. 
         Yo ya pensaba, después de pasarme años y años pintando dibujos en cuadernos, rencores de los solitarios, que las preguntas que aparecían en los volcanes del tiempo (¿de qué sirve leer un poema si no es para leérselo a alguien?, etcétera, etcétera) eran, ya, puras bobadas del jardín de la mente, pura cursilería que había aprendido (heredado) de pasarme todas las noches, cuando era niño, viendo telenovelas con mamá. Pero aquí va la cosa:
     en los tiempos más solitarios de los tiempos más solitarios, hace todavía muy poco, cuando mi vida era sólo películas viejas y visitas al lugar y libros medievales sobre meditación y enciclopedias de animales fantásticos, empezamos, ella y yo, así de la nada, a escribirnos cartas. Dos dementes, con los pulmones rotos, escribiéndose cartas y cartas y cartas sobre música, sobre malos chistes, sobre la muerte, sobre el teatro del siglo XX. Las mañanas, sin dinero, con muy poco trabajo de la vida real, se me pasaban todas escribiéndole cartas y buscando nuevas canciones y recogiendo mangos y flores y corazones negros.
“¿Sabías que yo nací en un isla?”, le dije una vez en una carta.  
“No sabía. Pensé que eras de Bogotá. ¿En qué isla naciste?”, me dijo ella.
“Es una isla secreta. Es un lugar de calles blanditas que suenan a la palabra “pájaro” y burbujas y orillas. El lugar vive en la parte de adentro de lo más atrás de mi cráneo”.

“¿Y yo podría ir a ese lugar, conocerlo?”.

“No, mi amor, es un lugar para la gente sola, y tú eres un pulpo del tamaño de los pulpos, eres la palabra albaricoque, eres como pensar en ser un cigarrillo, un humo, eres dieciocho teorías del actor, eres un estiquer de carita feliz, un estiquer de carita confundida, un tatuaje de serpiente con carita al revés, eres una llamada al cosmos sabiendo que no va a responder, una llamada al cosmos sabiendo que sí va a responder, eres el mar, mi amor, eres los ojos de los perros, eres el teatro”.

“Está bien, nene, no me lleves a tu isla. Creo que lo puedo entender perfectamente”.

     Y siguieron, como terremoto en la ducha, como bomba atómica en la nevera, como cocodrilos en las latas de cerveza, las mañanas de cartas y música y sudor y flores y mangos y corazones negros. Y ya, muchos meses después de la primera carta, las películas viejas y los libros medievales y los animales fantásticos empezaron, cómo decir, a borrarse un poco, a perder el sentido, a perder el alma. ¿De qué sirve Chaplin, yo aquí en este cuartico, si no es para decirle a mi amor que existe Chaplin? Y mi cerebro: “No, no, no, puras preguntas maricas, es pura telenovela barata de los noventas, Chaplin existe y punto, y está bien uno quedarse en su cama, lleno de pizza, viendo a Chaplin sin que ella se entere de que existen esas felicidades mías de ver cómo con media mueca de la cara de Chaplin se dicen doscientas veintidós mil millones de cosas”. Ya, ya.
Y cartas. Y cartas. Y más meses y más mañanas y más cohetes y más bombas atómicas y mangos. Y los poemas que yo leía en mi hamaca blanca, puro vapor. Y rascarme la planta de los pies y escuchar a los animales de colores que ya casi no existen, puro vapor. ¿A dónde se va todo? ¿A dónde se va el olor a sopa y a pasto y a lluvia y a panadería? ¿A dónde vuelan las cosas?, ¿a dónde vuela la tinta?
    Entre carta y carta, destapamos una botella de vodka y hablamos de Saturno y de todas las cosas redondas del mundo. Círculos. Hablamos de irnos a vivir a los anillos de Saturno y construir un teatro para quedarnos dormidos en los colchones de madera y chicle. Yo escribía y dibujaba las obras de la galaxia y ella las actuaba y las bailaba y se hacía una bolita de cine en la parte plana del sistema solar.
“¿Quieres conocer mi lugar?”, le dije un día después del tatuaje de Saturno.

“Sí, mi amor, quiero conocer tu lugar”.

       Sus manos de bruja me hacían temblores de olas y arena en la parte de atrás de mis rodillas. Ya estaban las luces apagadas, la cortina cerrada, el ventilador, la lamparita de leer apuntando al techo. Nos enrollamos juntos en las sábanas y le mostré, dándole besos en la parte de adentro de los ojos, la técnica de la respiración. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho… 
  Adentro de una burbuja, viendo los olores, oliendo los animales de colores que ya casi no existen, en mil trecientos idiomas muertos, le conté la regla de la soledad. Por cada minuto que estemos juntos aquí, se desaparece (el acceso) un cincuentavo de lugar. “No quiero que se desaparezca ni un milímetro de cincuentavo de tu lugar, mi amor, vámonos ya de acá”. Yo estaba en el silencio, sólo la miraba mirar y le dibujaba, con un marcador negro, los anillos de Saturno en sus brazos. “Me duele todo el cuerpo –me dijo ya tirados en la hamaca blanca–, como si me estuviera muriendo de amor”. Yo cogí un libro de una bolsa del color de los árboles sin flores y empecé a leer un poema largo sobre el número dos y sobre un barquito de papel que se va derritiendo en el cuerpo de los vikingos. Ella iba enredando sus piernas y sus nalgas en mis tatuajes, y veía, llena de espuma por dentro, cómo se iba desapareciendo el mundo cada vez que pasaba un minuto. Yo le acariciaba los pies y seguía con mis ojos en el poema y en el barquito de papel que iba flotando en las márgenes de la tinta.
   Cuando terminé de leer, y guardé el libro de nuevo en la bolsa, todavía quedaban algunas cosas del lugar: la hamaca, la manguera, una parte de la orilla del mar, las nubes. Ella puso su espalda en mi pecho y yo le peinaba el pelo y las cejas y pasaba las manos por su ombligo mientras veíamos cómo las últimas cosas se convertían en la palabra vapor, en la nada. Cerramos los ojos, y ya está, los abrimos en mi cama, enrollados en las sábanas. Nos secamos el sudor el uno en el otro, nos bañamos escuchando In Rainbows de Radiohead, pedimos una pizza y vino blanco y nos pasamos toda la tarde viendo películas viejas. 
    Al otro día las cartas dejaron de llegar. Yo sí seguí escribiéndolas. Me gusta escribir cartas en las mañanas. Me gusta hacer café, prender un cigarrillo y escribirle.



viernes, 24 de enero de 2020

SALSA


Les trois musiciennes, Le Corbusier (1958)



Para Yukie.


1

Estoy tan cansado del personaje que he creado de mí mismo, y escribir cuentos es tan del personaje que he creado de mí mismo, que voy a escribir este cuento de la forma más rápida y más tosca que pueda. Y ya, lo saco (al cuento) de mi corazón, lo dejo en un papel manchado de café y de palitos integrales de ajonjolí, me voy a bañar y ya, vivo mi vida como si nunca me hubiera inventado a mi personaje, un tal Óscar Graff que es todo triste y todo borracho y todo intelectual, un mansito patético, encorvado, que anda buscando al amor y al arte, y el amor y el arte lo rechazan por cualquier cosa que el pobre Óscar no logra entender. ¡El mundo contra ti, Óscar Graff! ¡El amor contra ti, Óscar Graff!... Qué pereza. 

Bueno, la cosa es así (vamos rápido, salgamos rápido de este personajucho borracho y encorvado): yo acababa de terminar mi maestría en literatura, y mi mejor amigo, Samuel Kaplan, acababa de terminar su carrera de medicina. Un día lo llamé y le dije que hagamos juntos un viaje para celebrar tanta quemada de cerebro, que vayamos por ahí a seguir quemándonos el cerebro a punta de aguardiente y bareta y música. “De una, Osquitar, me suena. Dame unos días para cuadrar los papeles de la U y nos vamos por ahí a dañarnos este sistema nervioso complejo que nos dio muy mal dado el putamadre de diosito lindo”. Por esas épocas Samuel estaba todo metido en la salsa (era el vocalista líder de una orquesta de mala muerte en Bogotá), entonces se le ocurrió que nos fuéramos unos días a Cali a dañarnos este sistema nervioso complejo (que nos había dado el putamadre de diosito lindo) a punta de salsa de motel y río y empanaditas del obelisco y aguardiente blanco del Valle.  “Sí, sí, Samu, me suena Cali, me suena. Vámonos de una, mi pez”.  

Cuatro días típicos (cliché total) de dos muchachos arrogantes y tristes automedicándose. Aguardiente blanco del Valle, charlas cansonsísimas sobre política y psicoanálisis, más de cuarenta rechazos de chicas caleñas que iban a las discotecas a bailar salsa y no a que dos encorvados borrachos les digan “mami” y ese tipo de cosas. El tercer día -Samuel y yo mirando el río, tomando cervezas friísimas, fumando Pielroja, comiendo empanaditas del obelisco, hablando de Jacques Lacan y de por qué nos habíamos convertido en tipos tan melancólicos si en el colegio éramos todos felices-, mi amigo se acordó de Yukie. “Uy, parce, llamemos a Yukie. Es una amiga de medicina que se vino a Cali a hacer su residencia en radiología. Es una chica bacana, de pronto nos consigue unas nenas o algo, o bareta, o pepas o algo”. Cuando vi a Yukie, ya casi sentándose en nuestra mesa llena de ceniza y servilletas, me pasó esa cosa toda racista que le pasa a la gente toda estúpida: como la mamá de Yukie es japonesa, y como Yukie se ve más o menos japonesa (o china, o coreana, o lo que sea) la saludé como si hablara mal español, o, más bien, como si tuviera algún tipo de retraso mental: “H-o-l-a. M-u-ch-o g-u-s-t-o. M-i n-o-m-b-r-e e-s   Ó-s-c-a-r”. Y ella, con un español perfecto, con un acento perfecto, le dijo a Samuel: “¿Y este man qué?”.

Me tomé fondo blanco medio litro de cerveza y me senté, encorvado, como si nada, a seguir mirando el río. No hablé ni una palabra más en toda la tarde. Yukie y Samuel hablaban y hablaban y hablaban de medicina y de hospitales y de chismes de la facultad. Yo me automedicaba y miraba el río. Me di cuenta, más o menos, de que Yukie era inteligente y brava (había empezado radiología para no tener que ver seres humanos en su vida laboral como doctora). Me di cuenta, más o menos, de que le gustaba, aparte de ver órganos a blanco y negro en máquinas sofisticadas, la literatura y la pintura. Le dijo a Samuel que se quería retirar un año de la medicina para llenar miles de libretas con sus dibujos. A mí me dio ansiedad, como siempre. Dejé cincuenta mil pesos, me despedí de lejos (con el español más rápido y más perfecto y más difícil que me sabía) y me fui al hostal a terminarme los capítulos de Dragon Ball que había descargado en el teléfono. Pasaron cuatro años hasta volver a saber de Yukie. 

2

Aun más tristes que en esos días de Cali, yo ya clavado en mi doctorado y Samuel ya un psiquiatra con consultorio y todo, estábamos Samuel y yo en Bogotá, un diciembre de esos solos y calientes de Bogotá, tomando café y fumando Pielroja, esperando a que sea la hora para entrar al cine a ver la nueva película de Ari Aster. Entre charla y charla, que Jung, que Freud, que Cioran, que la depresión, que la presión arterial, que el fútbol, que los negocios, que el estudio, apareció el nombre de Yukie. Hablando de corazones rotos, Samuel dijo que tenía una amiga radióloga que estaba en Harvard aprendiendo a hacer corazones en impresoras 3D. 

“¿Yukie?”, le pregunté.
 “Sí, Yukie, ¿tú cómo sabes de Yukie?”. 
“Marica, la chinita que me presentaste en Cali”. 
“Ah, sí, claro, hace mil años en las empanaditas del obelisco”. 
“Ajá… ¿Qué más de ella, en qué anda?

Samuel me contó que Yukie se había convertido en una radióloga brillante (“probablemente la mejor radióloga de Colombia”, dijo) y que seguía trabajando en Cali, bla, bla, bla, bla, bla, bla… una hora y media hablando de Yukie y de sus dibujos y de sus cosas y de Cali y de lo maricas y fracasados que éramos nosotros. Cuando se terminó la película de Ari Aster, y ya todo el cine estaba vacío, y sólo quedábamos nosotros viendo los créditos como si no pudiéramos verlos en la casa, en internet, le dije a Samuel: “Creo que me gusta Yukie”. Y él: “Ja, ja… Tan marica”. Y yo: “Dame el teléfono de Yukie, mi pez. No jodas”. Y me dio el teléfono. 

3

<<Hola, Yukie. ¿Quieres ser mi novia>>, le escribí. 
<<Jajaja ¿Quién es?>>, ella. 

Yo: Óscar Graff, el amigo de Samuel que te dijo unas palabras todas retrasadas en Cali hace cuatro años, tomando cerveza en las empanaditas del obelisco. ¿Te acuerdas? 

Ella: Me acuerdo. JAJA. Hola. ¿Cómo así que si quiero ser tu novia? JAJAJ.

Yo:  Ja, ja. No sé. ¿Qué más? 

Ella:Bien. Aquí en Boston haciendo unas cosas. ¿Tú qué? 

Yo: ¿Si pasas por una librería me comprarías un libro que se llama The human war, de un man que se llama Noah Cicero? Es que es imposible de encontrar por fuera de la Costa Este de Estados Unidos. 

Ella: Ya casi me voy de Boston, pero si veo una librería te lo compro. Yo amo las librerías en este país, pero mis amigas ya no me dejan comprar libros, ya no me dejan ni entrar :(    

Yo: ¿Vienes a Bogotá?

Ella: No. Me devuelvo directo a Cali. 

Yo: Ven. 

Ella: No.  


4

Yukie se devolvía a Colombia en un par de días, y a mí me quedaba un mes, un poco más, antes de devolverme a Europa a seguir con mi doctorado-puta-madre. O sea: me quedaba un mes, un poco más, para imposibilitar más la imposible posibilidad de que Yukie me viera en persona (mi pelito largo y enredado y mi aretico de pirata) y me dijera que sí quería ser mi novia y que quería usar sus máquinas radiológicas para mirar mi corazón en una pantalla y darle besos a la pantalla y llenar la imagen (mi corazón) de jabón y de algodón y de lagartijas y de mangostino y de una gatita llamada Frida, y abrirme las costillas y tocarme todos los órganos sin guantes quirúrgicos, sin tratar de impedir la transmisión de microorganismos patógenos, sin tenerle miedo a la superficie biológica mezclada con el medio morado y carrasposo al que estamos expuestos los seres humanos.  

Me levanté ese mes (un poco más) todos los días pensando en algún poema viejo para mandarle a Yukie, para que ella se despertara y lo viera en su teléfono. Cosas de Rimbaud, de Whitman, de Hanni Ossott, de Jaime Sabines, algunas cosas de poetas rarísimos de Bosnia o de Serbia o de Nepal. Le mandaba el poema y esperaba todo el día, como un imbécil, a ver qué pensaba Yukie de un man desconocido que la despertaba todos los días con poesía simbolista del siglo XIX. Hablábamos todas las noches: yo le contaba que mi animal favorito era el tigre asiático (de bengala) y ella me contaba de su adicción a pintar en sus cuadernos; me decía que sentía que pintar era lo mismo que pensar, pero sin pensar. Yo le mandaba mis libros y mis escritos sueltos y ella me mostraba fotos de órganos en 3D y radiografías llenas de tornillos y de musarañas extrañas. <<Mira esto>>, me escribía, y me mandaba una radiografía de una cadera rota llena de tuercas.  <<¿Qué es eso, el alma de un robot?>>, le escribía yo. <<Sí, de un robot con la cadera vuelta mierda>>, me escribía ella. 

Yo sabía, por supuesto, que esas charlas llenas de amor eran una estupidez. Nos habíamos visto media hora en toda la vida (hacía cuatro años), y ella no tenía ni la más mínima intención de verme ni nada de esas cosas de la vida real. Yo sabía, por supuesto, que el juego era así: a ella le parecía exótico (digámosle así) dejar entrar a un desconocido, con pinta de Piratas del Caribe, en su mundito de libros médicos y dibujos y radiografías y doctores con bigote medio amarillo y zapatos embolados. Yo sabía, por supuesto, que todo era una estupidez, un jueguito, pero no lo paré. Las charlas por mensajitos llegaban a una intensidad adictiva: eran cortas, y poco interesantes, pero, por alguna razón, estaban llenas de símbolos sutiles y de amor. Hablábamos de que algún día yo la iba a convencer de verse, conmigo, las once películas del canon de Star Wars, hablábamos de pintura, de los colores de la tinta, del sabor de las frutas, de India, del olor de los hospitales; ella me mandaba fotos de su gata y de su abuelita japonesa: 

Ella: Cuando mi abuela era niña, durante la guerra, bombardearon el pueblo de ella (25 aviones de Estados Unidos). La primera vez que vio una bomba caer, la vio de lejos y le pareció linda, como estrellas cayendo desde el cielo. Durante el bombardeo les tocó coger los tatamis mojados y ponérselos en la cabeza y correr al bosque. Todas las casas quedaron quemadas, menos la de ella. Sus papás recibieron a todo el mundo. La primera noche hubo 54 personas durmiendo en su casa. Hubo gente que se quedó hasta 4 años viviendo ahí. Ella dice que eso la hizo fuerte. Esa es la historia que siempre me cuenta. Fin. 

Yo: Qué historia linda. ¿En qué idioma le hablas a tu abuelita? 

Ella: Una mezcla entre español y japonés. 

Yo: ven a Bogotá, Yuk. 

Ella: No. 

Me enamoré de Yukie, de sus mensajes y de sus radiografías y de su gata y de su mundo todo serio y todo gelatinoso (<<He vivido toda mi vida adentro de un hospital, pero nunca he probado las famosas gelatinas de las clínicas>>, me escribió una vez). Pero como yo soy Óscar Graff, el escritor borracho y triste y encorvado que cree que ese tipo de amores de telenovela son una estupidez de la gente mediocre, me dije a mí mismo que qué güevonada seguir siendo el jueguito retórico, medio erótico medio rarito, de una radióloga que imprime corazones en Harvard. 

Me monté al avión para irme a Europa y borré su número. Me pedí tres mini botellas de vino blanco y me quedé mirando hacia arriba, imaginando que el techo del avión era una piscina azul con residuos de bomba atómica. “No más Yukie, Osquitar”. Me tomé las botellitas, me tomé los antidepresivos, me tomé ochenta y siete gotas de valeriana y me quedé dormido. 

5

Un mes después, yo ya embutido en los laberintos de mi cuarto y de la teoría absurda de la literatura y del frío del mundo, me llegó un mensaje: <<Extraño levantarme con poemas>>
A mí me encantó ese mensajito, se me llenaron los órganos de la palabra burbuja y la palabra libélula y la palabra ajonjolí, pero a Óscar Graff le pareció patético. Y Óscar Graff: <<¿Quién es?>>. Y ella: <<Ay, Óscar…¿Por qué ya no me hablas? ¿Por qué tan calladito?>>. Y Óscar: <<¿La verdad? Porque estoy mamado de mi vida. Estoy mamado de amar lo que no puedo tocar. Todo es literatura en mi puta vida de la puta mierda. Esa es la verdad>>. Y ella: <<Te voy a decir algo: tú me gustas. De verdad creo me gustas>>. Y Óscar: <<Cuando dices “Tú”, Yuk, ese “tú”, o sea “yo”, no existe en la vida real. A ti te gusta un invento, no la carne y el hueso y el alma>>.Y ella: <<Mira: yo no pienso mucho en cuándo te voy a ver, o en si algún día te voy a conocer en persona, pero te puedo decir, de verdad verdad, que me gustas>>. Y Óscar: <<Ven a Europa a visitarme, o yo me invento alguna conferencia y voy a Cali a visitarte. Quiero verte>>. Y ella: <<No>>

No le hablé más. Salí a correr una hora y media, me pedí una pizza mexicana, una bolsita de palitos integrales de ajonjolí, y puse el episodio III de Star Wars. Ahí tirado, entre jalapeños y sudor seco y espadas de luz, me di cuenta de que había un cuento interesante adentro mío, adentro de Yukie. La cosa (pensé) podría ser algo así: hay un ser humano de la vida real que creó un personaje de ficción que detesta, le parece un personajucho dramático y poco poético. El ser humano de la vida real se enamora de una mujer, y entra a su mundo (al de la mujer) usando a su personaje de ficción. Es penoso el ser humano de la vida real, entonces usa a su personaje para entrar en otras almas. Ella se enamora del personaje de ficción. El ser humano de la vida real intenta mucho que ella se olvide del personaje de ficción, la intenta convencer de que ese personaje es una creación barata que él mismo (el ser humano de la vida real) ha creado para que ella lo mire, lo quiera, lo acaricie en la vida real. Pero, claro, es demasiado tarde: ella está enamorada del personaje; ella está enamorada no del órgano, sino de la radiografía del órgano, del alma de robot con la cadera rota. 

Me terminé la pizza y bajé a la papelería de enfrente a comprar una resma de papel blanco y una cajita de lápices. Me senté en el escritorio, con los palitos integrales de ajonjolí que quedaban y un tarro de café negro, y me dije a mí mismo, muy en serio, muy dramático, que no quería volver a escribir nunca más. Voy a escribir una vez más (pensé) y nunca más. Y empecé el cuento: “Estoy tan cansado del personaje que he creado de mí mismo, y escribir cuentos es tan del personaje que he creado de mí mismo, que voy a escribir este cuento de la forma más rápida y más tosca que pueda. Y ya, lo saco (al cuento) de mi corazón, lo dejo en un papel manchado de café y de palitos integrales de ajonjolí, me voy a bañar y ya, vivo mi vida como si nunca me hubiera inventado a mi personaje”.         


viernes, 24 de mayo de 2019

CUADERNOS


Dos viejos, Francisco de Goya 

Empiezo con un diálogo. Más bien empiezo con un monólogo:

−Usted no es un escritor, mi amigo. Ese cuaderno no es el cuaderno de un escritor, mi amigo.

Esas palabras bastante tontas, bastante agotadas, bastante hijueputas, me las dijo un viejito que vendía libros en el barrio La Macarena. Yo todavía estudiaba en el colegio y, como buen muchacho feliz que todavía estudia en el colegio, no me importaba mucho el cuaderno que estuviera utilizando para escribir los poemitas todos raros que me iban saliendo como avispas, como moscas, como varicela.


Pero ojo: las palabras de un viejito vendedor de libros (un señor todo serio de barba y sombrero y gabardina) pueden causar un efecto muy poderoso en el alma de un muchacho (ya lejos) que creía que algún día iba a escribir uno de los mejores libros del mundo. Es que claro, yo no sabía que los escritores de la vida real tuvieran que tener un tipo de cuaderno específico para ser escritores de la vida real. Nunca había escuchado algo así.



La primera vez que lo vi con mis propios ojos fue unas semanas después de las palabras del viejito. “Tenía razón ese viejo marica, yo no soy un escritor, mi cuaderno de Natalia París no es el cuaderno de un escritor” (me dije ahí mismito). La cosa fue así: mi colegio invitó (por ser el día del idioma, o algo por el estilo) a un escritor de la vida real. Era un señor muy formal, muy pomposo, que había escrito dos novelas y un libro de cuentos sobre cosas judías. Como mi colegio era (es) un colegio judío, las profesoras de español decidieron invitar al único escritor judío que escribe libros en español en este país.


Bueno, no alarguemos el cuento: como era la primera vez que yo iba a ver a un escritor de la vida real, me dieron muchas ganas de hablar con él, de preguntarle (por qué no) por dónde había que empezar si yo quería escribir uno de los mejores libros del mundo. Para no quedar como un imbécil cuando habláramos, le pedí a mi papá que si por favor me podía comprar los tres libros del tal señor. Me los leí lo más rápido que pude y preparé un par de preguntas que no fueran a herir los sentimientos del escritor. Es que me perdonarán, pero los libros eran malísimos. Pero bueno, que los libros fueran malísimos era lo de menos: el señor había publicado en editoriales importantísimas, sus libros estaban en las librerías de los aeropuertos…“En fin −pensé−, escribir bien no es un requisito para ser un escritor de la vida real”.


Después de mis preguntas no-hirientes, o poco-hirientes, el señor, muy formal, muy pomposo, como vio que yo era el único interesado, me dijo que almorzara con ellos después de la firma de libros. O sea: en la mesa del rector y el escritor y las profes de español. Él y yo éramos los únicos que hablábamos; las profesoras, por supuesto, no sabían ni de qué se trataban los libros judíos de este señor judío que escribía libros en español. Me impresionó mucho escuchar al escritor, me conmovió (me dio pesar, supongo) esa forma de alabarse a sí mismo, a sus novelas, a su obra. Era como si el señor nunca hubiera leído sus libros y estuviera haciendo una campaña de mercadeo para una marca que le da lo mismo. “Mi obra esto”, “mi obra lo otro”, “mi obra”, “mi gran novela es esta”, “mi otra novela es sumamente compleja”, “mi obra”, “mi obra”…


−¿Y en qué va su obra en estos momentos, maestro?-, le pregunté.  



Y ahí pasó lo del cuaderno. Me dijo que iba por la página setenta y pico de una nueva novela, una obra maestra sobre cosas judías, y sacó, del bolsillo de la camisa, una hermosa libretica negra protegida por un caucho dorado. (“Qué extraño, quién guarda un cuaderno en el bolsillo de una camisa elegante”, pensé). Y después me acordé de la frasecita del viejo hijueputa.



“¿Esos son los cuadernos que usan los escritores?”, le pregunté. “Sí, sí, esta libreta es de una marca exquisita que tal y tal y tal, las compro siempre que voy a Viena”, y mi obra para arriba y mi obra para abajo. Me dejó ojear la libretica: en verdad era exquisita, y la letra del señor también era exquisita. Me causó mucha curiosidad no ver ni un solo tachón en los primeros borradores de una obra maestra (“Será por eso que le quedan así esas novelas”, pensé). Mi cuaderno de Natalia París estaba repleto de tachones y dibujos y flechas y mamarrachos (“Será por eso que mis cosas no quedan como para ponerlas en las librerías de los aeropuertos”, pensé). El punto es que desde el día del viejito, que se reveló por completo después de haber conocido, de primera mano, el manuscrito real de un escritor de la vida real, no he podido parar de pensar en eso. ¿En qué cuaderno escribir?, ¿qué vínculo ontológico existe entre ser un escritor y andar con tal tipo de libreta fabricada en tal tipo de capital europea? Es decir: me dejó traumado el viejito ese.



Lo cierto es que hoy, más de quince años después, estoy estrenando libreta. Hoy. Aquí. Ya. Esto mismo que escribo, esto mismito, lo escribo en una Royal Talens negra, modelo Art Creation. Son unas libretas holandesas (fabricadas desde 1899) baratísimas, de una calidad excelente, hechas, sobre todo, para trabajar con témperas. Las hojas, sin renglones ni cuadrículas, color crema, son de tan buena calidad, son tan lindas, que es imposible no estar escribiendo e irse preguntando, todo el tiempo, cómo pueden ser tan baratos estos cuadernitos. Lo cierto es que, después del viejito, he pasado por todas las marcas posibles, desde Moleskine hasta Norma con los dibujitos de Phineas y Ferb. Todos los tamaños, todos los formatos: renglones duros, renglones suaves, cuadriculado grande, cuadriculado pequeño; blanco, crema, negro (para escribir con lápiz blanco), todos los colores; todos los eslóganes, todas las texturas. Mis novias me regalan libretas, mis hermanos me regalan libretas, mi mamá me regala libretas; si me gano algún premio académico, el regalo es, siempre, una libreta (si el premio no es una libreta, nunca me lo gano).  Y listo, cuando termino una libreta, (porque las palabras siguen, más de quince años después, saliendo como avispas, como moscas, como varicela) , las hijueputadas del viejo suenan, de nuevo, en mi corazón: “Tú no eres un escritor”, “Tú no eres un escritor”, “Tú no eres un escritor”, “Tú no eres un escritor”, “Tú no eres un escritor”, “Tú no eres un escritor”.



Es que no importa en qué libreta escriba (incluso una vez me gasté todos mis ahorros en comprar la misma libreta, igualitica, que tenía el escritor de la vida real que fue a mi colegio −mi hermano está de testigo, él me la trajo de Viena−)… Es que no importa en qué libreta escriba, mi obra (“mi obra”, “mi obra”), como las obras de la vida real, aún no está en las vitrinas de las librerías de aeropuerto. Qué vaina tremenda. Cuadernos y cuadernos y cuadernos y cuadernos. Cuadernos.



Por estos meses ando con muy poco dinero, así que mis opciones para seguir intentando ser un escritor de la vida real son muy limitadas. Pero bueno, esta libretica, barata, se siente muy bien, muy muy bien. Y es tan barata. Es la primera vez que uso una Royal Talens Art Creation, y la tinta negra se resbala como el sudor del sexo, como el jabón, como la tierra mojada del jardín de la casa de mi abuela, como los gusanos de la poesía de mandarinas. Son las 11:45 de la noche, de la noche noche, escribo, escribo, jabón, sudor, tierra mojada, gusanos de mandarina. Escribo en un Burger King (24horas) que tiene unas mesas grandísimas, blancas, perfectas para desparramar los codos y abrir las piernas. Necesito terminar ya este cuento, pero no quiero hacer juegos literarios (¡qué pereza los juegos literarios!) para cerrar. Tampoco quiero dejar el cuento inacabado, así no más, empezando un cuaderno nuevo. Eso, dejar las cosas sin terminar en el principio de los cuadernos, siempre me trae mala suerte. Me como la hamburguesa y las papitas, todo muy al clima, muy frío, y pienso, y escribo, y pienso en cómo podría terminar sin hacer ningún tipo de juego literario barato, o, mucho peor aún, metiendo algún inverosímil personaje que salve la patria; que salve mi futuro como gran escritor, como genio incomprendido y marginado. Un personaje elegante y masculinísimo, por ejemplo, sentado, ahora mismo, en la mesa de enfrente del Burger King. En esas mesas hermosas del Burger King. El tipo me mira mucho y anota cosas en un cuaderno, y me mira y anota, y me mira y anota. Yo me doy cuenta de su espionaje, pero no le hago caso. Me paro de la mesa, voy saliendo de la hamburguesería y escucho mi nombre.



− ¿Sí? ¿Por qué se sabe mi nombre?, ¿por qué me mira tanto y por qué anota lo que mira en ese cuaderno, señor?


− Disculpe, maestro, llevamos meses buscándolo. Le hemos seguido la pista a los cuadernos que usted va dejando en las calles, en los andenes. Sabemos dónde vive, sabemos que ahora no anda bien su situación económica. Queremos ayudarle, queremos publicarle la novela que escribió en la libreta negra con caucho dorado. ¿De dónde sacó el dinero, maestro, para comprar esa libreta tan exquisita? ¿Por qué dejó su obra maestra tirada en el andén de la Calle 100 con Carrera 15?


−  ¿Y su editorial tiene el brazo financiero para poner los libros en las vitrinas de las librerías?

− Claro, hombre. Le hacemos todo el mercadeo. Conocemos a la gente.



Llevo la bandeja, toda llena de salsas, a las basuritas del Burger King. Camino a casa. Se me van armando frases viejas en la cabeza, gramáticas, ortografías, fonéticas, metáforas, un oxímoron, una anáfora, una epífora, imágenes, símbolos, letras, cuadernos. Ya está. Creo que ya sé cómo terminar este cuento. Aprovecho que son baratas estas libreticas y dejo esta, mi primera Royal Tales, así nomás, con un solo cuento y un pequeño dibujo. La cierro y la dejo, bien puestecita, en el andén grande de enfrente de mi casa. Oscuridad azul, calle grande. Pasa el último bus de la noche.