martes, 30 de mayo de 2017

CÍRCULOS



Simultáneos, Joel Grossman.



Me dan ganas de pintar una libélula anaranjada en la pared de mi cuarto. Compro pintura anaranjada. Pinto la libélula. Me quedo dormido escuchando el viento del ventilador que le va pegando suavecito a una lata de cerveza. Pasa una pulga.

Me levanto. Tomo agua de la llave. Me como un pedazo de salchichón con Coca-Cola Light caliente. Veo la mitad de un documental sobre un transexual brasilero que dibuja historietas. Me aburro. La llamo.

Me dice que me lo jura que no se va a volver a enamorar de su exnovio. No le creo, pero me hago el que sí. Llego a su casa, nos tomamos una cerveza fría, calentamos un arroz con pollo y una arepa de maíz. “Vamos al cine, o a emborracharnos. Qué aburrimiento tan tremendo, qué calor tan tremendo”, le digo. “Hagamos los dos. Primero cine y después emborracharnos”, me dice. Hacemos los dos: pagamos 24.000 pesos por ver La bella y la bestia con la muchacha de Harry Potter, nos comemos una hamburguesa, leemos poemas en internet para pasar más tiempo en el aire acondicionado, compramos una botella de aguardiente, salimos del centro comercial.

Bailamos. Ella baila, yo me hago el que bailo pero en realidad la miro bailar. Suena una salsa de motel, nos reímos de la primera vez que fuimos al motel de la 75. Yo olía a tierra mojada y a botas de obrero, según ella. Ella olía a wisqui con aguacate, según yo. Todo, en la vida real, olía a látex y a sábanas rosadas, pero es más lindo pensar en wisqui, en tierra mojada, en botas de obrero, en aguacate.

Apagan la música. Nos terminamos el aguardiente en el andén. (Ella no dice “andén”, dice “bordillo”, o algo así). Me dice, ya borrachita, que vayamos a esa tienda lejos donde venden shots de tequila a 4.000. Vamos. Nos tomamos cinco tequilas de 4.000. Estamos bastante tomados, diría yo. Ella habla de que en el fútbol, por ejemplo, puede existir una mujer que juegue de líbera capaz de partirle los tobillos a un hombre que juegue de delantero. Yo le digo que eso es imposible, que una mujer no tiene la fuerza para romperle los tobillos a un hombre. Ella me dice que me va a partir las rodillas de un puño. Yo le digo que eso sería imposible, que ni siquiera un señor que haga CrossFit puede romperle las rodillas a alguien, que las rodillas ni siquiera son huesos como los tobillos o como la tibia y el peroné. Le hablo de la Velvet Underground, me invento algunas cosas sobre la vida de Stalin.

Hacemos una apuesta: “Te apuesto a que adivino qué libros están exhibidos en la librería de enfrente”. “Dale”. “El que adivine más libros le gasta al otro una comida con mariscos y vino blanco y todo eso”. “Dale”. Yo digo los primeros libros malos que se me vienen a la cabeza. Ella piensa mejor: dice los libros malos que se han publicado últimamente: #HolaSoyDanny, de Daniel Samper; En honor a la verdad, de Vicky Dávila; Silabario del camino, de Juan Manuel Roca; etc. Cruzamos la calle y miramos la vitrina de la librería. Me gana la apuesta (adivina dos. Yo no adivino ninguno). Le debo una comida con mariscos y vino blanco y todo eso.

Nos sentamos otra vez en la tienda. Pedimos otro tequila. Le recuerdo que yo estaba en esa mesa de al lado cuando la vi cogida de la mano de su exnovio. Le recuerdo lo triste que me había puesto cuando la vi. Le digo que hasta me tocó ir al baño a echarme agua en la cara. Le digo que ese día se veía feliz, mucho menos aburrida que ahora. Le digo que con su exnovio no se le veían los ojos cansados de tanto leer poemas en internet. “¿Confías en mí, me crees que estoy más enamorada de ti que de él?, me pregunta. “No, no confío en ti, la verdad. Pero igual quiero estar contigo y chuparte los pies por las mañanas”. (Todo este diálogo suena a una telenovela, pero así pasó de verdad. Supongo que no todos los diálogos del mundo tienen que ser obras maestras).

Se pone brava conmigo. Deja 20.000 pesos en la mesa, sale de la tienda y para un taxi. Me dice que no quiere estar conmigo si sigo creyendo que está enamorada de su ex. Le digo que es imposible, que puedo disimularlo (si quiere), pero que no puedo dejar de pensar en que está enamorada de su ex. Se va. Yo pido otro tequila. Me fumo un Lucky Strike y trato de acordarme de la clase de geometría mirando las formas de las nubes. Pido otro tequila. Me aburro. Me fumo otro Lucky Strike. Voy al baño. Me veo gordo. Vomito. Pido un taxi. Me dan agua de la llave.

Me tiro en el colchón a terminar el documental sobre el transexual brasilero que dibuja historietas. Me aburro. Me quedo dormido escuchando el viento del ventilador que le va pegando suavecito a una lata de cerveza. Me levanto a las 6:00 am. Tomo agua de la llave. Me dan ganas de pintar la cara morada de René Descartes en la pared de mi cuarto. Compro pintura morada. Pinto a René Descartes. Me quedo dormido escuchando el viento del ventilador que le va pegando suavecito a una lata de cerveza. Pasa una pulga.

Me levanto. Tomo agua de la llave. Me como un pedazo de salchichón con Coca-Cola Light caliente. Veo la mitad de un documental sobre un señor que tiene una granja y mata su propia comida. Me aburro. La llamo.


Me dice que me lo jura que no se va a volver a enamorar de su exnovio. No le creo, pero me hago el que sí. Llego a su casa, nos tomamos una cerveza fría, calentamos unas lentejas y picamos un tomate casi podrido. “Vamos al cine, o a emborracharnos. Qué aburrimiento tan tremendo, qué calor tan tremendo”, le digo. “Hagamos los dos. Primero cine y después emborracharnos”… 

jueves, 5 de enero de 2017

POLVO

La elección, Victor Brauner. 



Este cuentico va dedicado al personaje
principal de
El castillo de Kafka.






    Ya con el corazón convertido en miles de polvos de colores, parecido a una bolsa de ese polvito que comprábamos a 300pesos en la tienda de la esquina (¿Minisigüí, Minisikuí?), ya con el corazón parecido a los huesos pulverizados que le quedaron a mi hermanito en su muñeca después de haberse caído de un balcón, polvo, Pregúntenle al polvo,  polvo de colores pastel, color mariguana, color antología bilingüe de los poemas más tranquilos de William Carlos Williams…ya con el corazón, el polvo de corazón, en un plato de porcelana o en una olla plateada para hacer espagueti, decidí, ya cansado, agotado, buscar algo de ayuda.

   “No tengo más las fuerzas para cuidarme a mí mismo, no tengo más las fuerzas para intentar pegar estos polvitos de colores y ponerlos de nuevo sólidos, uno, para tratar de meterlo, uno, de nuevo en su lugar. ¿Conoce usted a alguien que me pueda ayudar a no ahogarme por las noches vomitando mi propio polvo de colores pastel? Es que me levanto un poco triste, todo chorreado de mi propio músculo de los músculos, todo aguamarina, anaranjado, verde mariguana, morado con cuerpo de hombre y cabeza de elefante, olor a Menticol, a Icopor; sabor a pulpo, a patacón, a vino blanco, a jugo de melón”, le dije al viejo Ramón en un café de la calle 84, mirándolo un poco a él pero mirando, más bien, el humo de madera que le pasaba flotando por sus ochenta y cinco ojos que todavía le quedan debajo de las gafas, que en español se le dice anteojos y muchas cosas más. “Yo no sé nada del amor, mijo –me dijo el viejo Ramón– , pero conozco a un poeta ruso, un gran maestro, que te puede ayudar a sanar”. Y me escribió la dirección en un papelito. Quedaba ahí, en mi mismo pueblo.

    Salí en el bus amarillo y vi, allá, las casitas detrás del mar, allá, el pueblo del poeta que era mi mismo pueblo, y la música duro, y el aire en mis ojos duro, y los huecos de la carretera duros. En el bolsillo del bluyín, los poemas de William Carlos Williams. En la mano derecha, el plato repleto de polvitos de colores (mi músculo). En la mano izquierda, unas flores para el poeta y el papelito que me había escrito el viejo Ramón. 

     Bajarse del bus amarillo, y el sudor, y el malecón ahí de frente y la camiseta mangasisa ya manchada de todos los poemas. Parar cualquier moto, 1.000pesos, y salir derecho por el malecón destruido de tanta sal y de tantos perros mojados, y sentir, con cada ola, con cada espuma (más bien), el sabor a galleta de aguardiente que queda en la boca después de haber vomitado tanto polvo, tanto hueso, tantas ganas de mirar juntos (el amor) la pastilla azul que se le echa al inodoro para que quede todo azul, el agua azul, la espuma azul, y el orín lo convierte todo en verde y bajamos juntos la cadena y todo, ¡hermoso!, se llena de azul otra vez. Casi para siempre.

    Bajarse de la moto, pagar los mil, y entrar por el jardín de la casa del poeta ruso. Y él ahí, comiendo schi, con su cresta rusa untada de schi, sentado en la mecedora, con sus aretes dorados y su uniforme militar. “Buenas tardes, maestro. Aquí le traje estas flores, están lindas, huelen a pájaros. Maestro, el viejo Ramón me dio su dirección, vengo a que me ayude a pegar este polvo de colores que traigo aquí en este platico, quiero metérmelo de nuevo en mi cuerpo, vengo a que me ayude a poder volver a dormir, tengo muchas ganas de comer bien y que las cosas me sepan a comida, no al espíritu de un pulpo o de un vino blanco o de un patacón. Necesito un poco de ayuda, maestro”.

– Hola, muchacho, tienes cara de enfermo, ¿cuánto dinero tienes en este momento?, ¿cuántas ganas tienes de formar una familia de bien?-, dijo el poeta ruso comiéndose una cantidad enorme de schi con una cuchara de palo.

  Pues, maestro, casi llegando a cero en cuanto a lo del dinero. Y, pues, casi llegando a cero en cuanto a lo de la familia de bien-, le dije con las pestañas perdidas en el infinito de su sopa.

– Entonces olvídate de las mujeres, de todas, y empieza a trabajar en el gran arte de lo masculino. Deja que te viole un negro y ámalo, entiéndelo, trata, poco a poco, de entender el amor de los hombres. Conecta con los hombres, ama a los hombres, besa a los hombres; deja que te toquen a ti, que te besen, que te abracen por la espalda… Haz lo que te digo y, como magia, se va a ir pegando el polvo que traes en el plato. Después, cuando esté sólido, ven aquí y yo te lo vuelvo a meter en el pecho. Tráeme el polvo completamente compacto y yo con mucho gusto te hago la operación.   


    …y salí de ahí en una balsa de guadua, y la moto de nuevo, los mil, el sabor a galleta de aguardiente que trae la espuma, el bus amarillo, la música, la camiseta mangasisa regada de poemas. Y llegar, de nuevo, al café de la 84 donde me estaba esperando el viejo Ramón. Expresso doble color café remolino, negro remolino, negrocafé remolino. Ir cerrando los ojos, el mareo del sueño, y tumbar la cara en el platico lleno de polvos y mancharse los cachetes y las pestañas de colores… por fin dormir. Ahí en la mesa del café con la cara embutida en mi propio músculo, dormir, dormir, dormir… “Mijo, mijo, soy yo el que me quedo dormido en estas reuniones, no tú. Estás muy cansado, mijo, ¿qué necesitas?, ¿para qué me citaste aquí? Me estabas hablando de un polvo de no sé qué colores, ¿cómo que vomitar polvo?, ¿cómo que chorreado de tu músculo?, ¿de qué me estabas hablando? Descansa, mijo, ve a un doctor”. 
“¿Qué día es hoy, Ramón? Estoy un poco perdido. ¿Usted no tiene, por casualidad, el teléfono de un buen psiquiatra?”.
“Descansa, mijo, descansa, aprovecha estos diítas de enero que no hay trabajo. Está muy lindo este regalo de los poemas de Williams, lo leeré con juicio y te cuento. Vete para la casa, mijo, descansa, mañana te paso el teléfono de un buen doctor. Tranquilo, descansa”.







miércoles, 26 de octubre de 2016

UN POQUITO

Cabeza de hombre barbado con cigarrillo, Picasso.  


       Imagínate una lluvia tan alta, tan desde lo alto, que los ojos se van hasta la parte negra del cielo y no alcanzan a ver el hueco desde donde caen las gotas. Una lluvia cliente, tierra caliente, arena caliente, cangrejos calientes, perros desnudos, el sol y la lluvia, el sol y el agua que cae del aire, gotas de patilla, de granadilla, de pluma, de algodón, de caballitos de mar, de goma y pegante. Un morral de cuero tirado, arrastrado, roto, quebrado por dentro y por fuera y quebrado, y quebrado todo, el corazón, la lluvia caliente, la tierra caliente. El cuero del morral es de esos cueros claritos, gastados, que te hacen pensar en un viejo que ha fumado toda la vida, que te hacen pensar en tu hermanito menor que quiere parecer uno de esos viejos que han fumado toda la vida. Se cae un cigarrillo sin filtro del morral y se queda ahí en la arena, ahí en la lluvia caliente, en esta lluvia que cae desde tan alto que ningún cohete podría ver por la ventana el nacimiento de cada gota y gota de patilla y granadilla y pluma y algodón y caballito de mar y goma y pegante. Y gota y gota. Y gota y gota. Se queda ahí el cigarrillo sin filtro y una mano se lleva el morral de cuero y se va y se va, la mano. Se va para su cuarto, caliente, a llorar un poquito, a pensar en el amor.  

     Y el cigarrillo se queda en la arena, lluvia. Y la mano, el cuerpo del hombre, gordo, feo, triste, adolorido, se va. Pasa un gusano y desarma el cigarrillo caliente, mojado de lluvia alta. Y el tabaco se chorrea en la arena. Y pasa un poquito de mar y se lleva un poquito de tabaco y un poquito de papel. Te fuiste, amigo cigarrillo, te fuiste para el mar, para el cielo, te fuiste a estar con Dios, con los cantantes que se escaparon por la ventana del manicomio y murieron atropellados por una buseta. Y en la radio, en la buseta, en el cielo, en los cuartos de las personas tristes que se quedaron vivas pensando en el amor, sus músicas, las de los músicos, un acorde, dos, tres, cuatro… Te fuiste a estar con Dios, cigarrillo sin filtro, con las olas del mar, que son también las olas del río. Mira la sal del agua y mi morral de cuero y la lluvia… La que se va para su cuarto es mi mano, mi propia mano un poco viva, un  poco de carne, de hueso, un poco arañada, tristísima como nunca antes la habías visto, la mano más triste de todos los mundos, los poemas más tristes de todos los tiempos del hueco en mi corazón. Tu corazón roto, el corazón de toda la humanidad roto, el mío rotísimo. Pobrecito yo, mi mano es la que ves ahí llevando un morral de cuero, de tabaco,  yo fui el que se quedó para siempre en esta arena tan triste y el cigarrillo sin filtro ya está con las ballenas y de pronto hay algo de nieve en el fondo del mar. De nieve morada, anaranjada, del color de las granadillas…  


   …y ya en mi cuarto, caliente, el olor a tomates regado por las goticas que se derriten en la ventana, el cigarrillo sin filtro ya dormido en el agua, dormidísimo, arranco un papel de mi cuaderno y te escribo que no me voy a morir porque no me quieras, mi amor. Que voy a llorar casi nada. Voy a estar triste, tristísimo, un poquito arrastrado, pero no es nada de la vida o de la muerte, es sólo el amor, mi amor. Te escribo que puedo vivir sin ti, que no es nada del otro mundo, y doblo el papel, con toda la tinta que te escribo, con todo lo que pueden hacer las palabras cuando se hacen chorreadas, y te hago un barquito de papel y me lo trago, lo mastico, para metérmelo bien adentro mío y me voy quedando dormido en mi cuarto caliente. Te veo ahí parada, en el sueño, en el viento de los sueños. Y, como el barquito de papel ya está en mí, en mis pulmones, en mi estómago, en mi cerebro que va flotando, te lo regalo. Es tuyo el barquito. Lo miras, lo abres, y no alcanzas a leer nada de esa tinta tan mía, tan chorreada, tan enamorada, tan líquida. Me despierto en mi cuarto, caliente todavía, aguado, y una gota con sabor a chocolate me cae en la frente. Me da gripa, fiebre, mocos… Me tomo una pastilla para el malestar, me trago otro barquito de papel, de un papel sin tinta, blanco, y me vuelvo a quedar dormido.

miércoles, 27 de julio de 2016

HOY NO

El bebedor, Paul Cezanne.






    Hacía muchos años que no escribía borracho. Esas cosas, las de escribir borracho, eran cosas de niños: creer que uno podía ser Bukowski, creer que esos versos bellísimos de Verlaine le venían gracias al efecto de la absenta y ese tipo de bobadas. Pero esta vez, este cuento, como ya se habrán dado cuenta, lo escribo borracho y se siente bien, se siente bastante bien, no como antes. Antes, por ejemplo, me compraba media botella de aguardiente y me ponía a tratar de escribir una historia ya concebida: “…voy a hablar de un viejito que se queda sin dientes y se dedica a jugar ajedrez mientras espera su muerte…”, y después venía la borrachera, y mi prosa, mi prosa enclenque, se estancaba rápidamente. Era imposible seguir el hilo de la historia, era imposible mantener el ritmo, la sinceridad, la voz, la gramática… Y me llenaba de ansiedad pensando en que nunca iba a poder ser un escritor de la vida real.

    Hoy no. Hoy sé (estoy seguro) que la historia va a salir. Hoy sé, sin saber sobre qué quiero escribir, que llegaré al final de este cuento y que el mundo no va a cambiar por haberlo publicado en alguna de esas revistuchas que me hacen el favor de publicar mis cuentos. Hoy no siento esa ansiedad. Hoy me levanté, sábado 9:00am, y decidí que quería volver a escribir bajo los efectos del alcohol. Me preparé una arepa con mantequilla, me la comí, saqué una botella de Chivas Regal de la nevera, me serví el primer vaso con hielo y soda y salí al balcón, tranquilo, a fumar cigarrillos y a tomar Chivas y a escuchar a Los Aterciopes (“Tiñes mis días de fatal melancolíííaaaa, eres el hacha que astilló toda mi viiidaaaa, premeditada y diviiiinaaa…”) y a escribir, aquí, mientras espero a que un amigo del trabajo me recoja para ir a una finquita que queda a las afueras de la ciudad. ¿Y sobre qué escribir?,¿y así, todo borracho, sin historia,cómo llegar al final?, ¿qué relato contar, qué argumento? Hoy no. Hoy no me importa nada de eso.

     Hoy no tengo historias preconcebidas, hoy no voy a hablar de ningún viejito sin dientes que espera su muerte jugando ajedrez. Hoy no tengo relato, pero tengo lo único que se necesita para poder llegar al final de un cuento: tengo eso, esa cosa mágica, de ya no querer ser un escritor de la vida real. Con eso basta. Con eso sobra... 

domingo, 8 de mayo de 2016

DIEGO

La fuente, Marcel Duchamp

                                                                         
                                                                                        Para mi amigo Joel.   


    Diego Silvino Polanco estudió periodismo y antropología en la misma universidad. Se graduó con honores (magna cum laude, medalla al mérito académico, dos tesis laureadas, etc.), después, a los veintipico de años, dejó embarazada a su novia y se casó y tuvieron el primer hijo y luego el segundo. Diego consiguió un trabajo enseñando historia en un colegio y compró un seguro de vida y se mudó a un barrio bueno pero barato, etc, etc, etc. Al primer hijo lo llamaron Marcel (su esposa, Natalia, decía que “Marcel”, el nombre, lo había escogido ella en honor al pintor dadaísta, a Marcel Duchamp, por supuesto, y Diego decía que el nombre lo había escogido él y que había sido en honor a Marcel Proust,  el autor de la novela más larga que jamás se haya escrito). El segundo hijo, Luis, no tenía un porqué. Era Luis y punto.

   Marcel, haciéndole un poco el quite a su nombre, se dedicó a perseguir muchachitas, después estudió administración de empresas, después lo contrataron en una multinacional y ahí está, ahí sigue, administrando empresas, manejando tablas de compras y ventas y proveedores. Y es feliz, Marcel, o por lo menos eso le dice a sus padres. Luis, en cambio, es un poco más poeta. No fue a la universidad y nunca le ha ido bien con las muchachas. Escribe pequeñas prosas sobre ver pasar el viento, está un poco enamorado de las frutas y trabaja medio tiempo moviendo cables, instrumentos y cachivaches en un estudio de música. No es un estudio de esos que graba a los artistas y después los saca al estrellato, es más bien un lugar que alquila dos cuartos para que las bandas de colegio puedan hacer su bulla sin que los padres les decomisen los instrumentos.

   Un día cualquiera (Marcel trabajando, Luis en casa, Natalia en casa), Diego Silvino Polanco se sintió un poco mareado y con muchas ganas de hacer popó. Se sentó en el inodoro y supo, en ese instante, apenas salió el primero, que se venía un día largo, difícil, tosco… se volteó, se agachó y vio, a lo lejos de las aguas extrañas del inodoro, un manchón rojo, un coágulo. No había comido remolacha, no había tomado nada con colorantes, no había… en fin, era sangre. No había duda. Lo extraño es que Diego era un tipo muy nervioso, pero esa vez, a la hora de la verdad, al enfrentarse con un miedo real, se lo tomó con tranquilidad. “Natalia, querida, me voy para la clínica. Me salió sangre en el popó”. Y se despidió de Luis y de Natalia, negándose rotundamente a que lo acompañaran, y se fue caminando a la sala de urgencias de un pequeño y triste hospital que quedaba a ocho cuadras del conjunto residencial donde alquilaban un pequeñito y lindísimo apartamento.


    El cubículo donde metieron a Diego era igual al de todos los hospitales: cortinas amarillas, una camilla con dibujos de ositos rosados y verdes menta, y de resto todo blanco, blanca la silla, blancos los cajones, blanco, todo blanco. Era probable, había dicho la doctora, que la sangre en las “heces” (y Diego, que le gustaba jugar con las palabras, se había quedado pensando en ese vocablo: “heces”, como la letra “ese”, S, pero en plural. ¿Qué significará eso de “heces”?, ¿por qué “heces”?, etc., etc.) podía haber sido producida por alguna cosa normal. No necesariamente era cáncer: podían ser parásitos, alguna infección trivial, hemorroides… Le pusieron suero (“Lo vamos a canalizar, señor Polanco”, había dicho la enfermera), le dieron un frasquito para que sacara una muestra de sus heces sangrientas y ya, el resto era esperar en el cubículo a que salieran los exámenes y a que sus venas se tragaran la botella de suero. Mientras esperaba, Diego se hacía el que leía un libro de Toni Morrison (no le gustaba la prosa de la escritora, pero sí le gustaba ella como ser humano, como persona), pero en realidad estaba más pendiente de la conversación del cubículo de al lado. Diego no podía ver lo que sucedía, claro, pero sí escuchar la escena a la perfección. Sólo una cortina delgadita (amarilla) lo separaba de sus vecinos. Parecían ser una familia muy unida: estaba la nieta, la hija y un viejito que Diego no logró descifrar, no supo si era el esposo o el hermano de la señora que estaba enferma. La señora, que tendría unos ochenta o noventa años, gritaba que no se quería morir, que ella daba todo, todo, todo, por un día más de vida. “Yo quiero, hijita, volver a ver los árboles, yo quiero volver a comer helado. No me dejes morir aquí en esta clínica tan fea. Yo quiero ir a un centro comercial, hijita, por favor no me dejen morir”… A Diego le pareció que la señora estaba sobreactuando, es decir: que no eran reales sus palabras, que era un escándalo un poco desproporcionado. Además, la doctora había hablado claramente de una fractura de tobillo. “Esta viejita no se muere hoy”, pensaba Diego mientras sus ojos pasaban nebulosamente por las páginas del libro de Toni Morrison.

   Toda esa escena un poco patética (una viejita queriendo llamar la atención de su propia familia) le activó a Diego un pensamiento extraño: él creía, siempre había creído, que su reacción frente a la muerte iba a ser muy parecida a la de la viejita que gritaba enloquecida, pero no. Más bien no. Él ahí, con su librito, esperando sus resultados de un posible cáncer de colon o de alguna cosa horrible, se había dado cuenta de que a él más bien no le interesaba volver a ver un árbol o volver a comer helado o volver a pasear en un centro comercial. “Si me diagnostican algo bien terrible –pensaba Diego–, no tendría que ir mañana a trabajar. Y eso estría muy bien. Eso estaría exageradamente bien”. A Diego le dio algo de vergüenza pensar así, pero ese era, nada que hacer, su pensamiento más real, más verdadero. Tenía ganas de quedarse ahí, con el aire acondicionado, con la cobija, y que los señores del seguro de vida se encargaran del resto. Se le vinieron a la cabeza miles de referentes literarios: “Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé” (Camus, por supuesto).  “Era un esclavo del jefe, sin agallas ni juicio. ¿Qué pasaría si dijera que estaba enfermo? Pero esto sería sumamente desagradable y sospechoso, porque Gregorio no había estado enfermo ni una sola vez durante los cinco años de servicio”. (Kafka, por supuesto)… Pero el referente más bello que recordó fue un pequeño video en el que Danilo Cruz Vélez cuenta una anécdota del poeta Porfirio Barba Jacob: cuenta Cruz Vélez que alguien le dijo que Barba Jacob, enfermo,  dijo alguna vez: “Qué duro que es morirse, pero qué rico haberse muerto”...
“Qué duro que es morirse, pero qué rico haberse muerto”, pensaba Diego con muchísma vergüenza…

Pasaron cinco horas y media, unas tranquilas cinco horas y media, y llegó la doctora. Diego estaba sentado en la silla del cubículo hablando por teléfono con Luis: “Tranquilo, hijo, no pasa nada, qué se van a venir hasta acá… ya te llamo, ya te llamo, llegó la doctora, chao, chao”…

“Hola, doctora, ¿me voy a morir?”… “No se va a morir, señor Polanco. Tiene una infección intestinal que vamos a manejar con antibióticos. Se va a tomar una tableta de Rifamicina cada ocho horas durante tres días. Y se va a tomar una ampolla de Enterogermina Plus cada veinticuatro horas durante los mismos tres días”, etc, etc, etc.

Hoy no fue el día, mañana hay que madrugar (pensó Diego), y salió de la clínica y prendió un cigarrillo y caminó hasta su apartamento y comió sopita de pollo y se tiró en la cama, con Natalia, a ver los últimos minutos de un partido de Copa Libertadores. A las dos horas llegó Marcel y a la hora ya había un silencio casi absoluto en el apartamento. Sólo sonaba, en el fondo del conjunto, la alarma de un carro que algunos malandros acababan de saquear.