miércoles, 9 de mayo de 2018

LAS IGUANAS COMEN FLORES

Jürgen Partenheimer, Das Archiv




Para Ramoncito. Maestro. Maestro de maestros.
Maestro de maestro de maestros
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        Este es el cuento de un señor llamado Mateo. El señor Mateo. Yo lo conocí bien, pero siempre me dio vergüenza preguntarle si había sido verdad ese mito de que un día se pegó un tiro en la cabeza y sobrevivió para contarle a sus familiares la extrema sensación familiar que causa todo suicidio. “No me mato por mi familia”, dice casi todo el mundo.  “El suicidio es un acto de egoísmo”, dice casi todo el mundo. Pues bueno, el mito dice que el señor Mateo se había pegado un tiro en la cabeza para sentir los segundos antes, aquel sentimiento de pensar tanto y tanto en la familia. Dice el mito que sobrevivió para contarle a su familia lo que es, realmente, ese sentimiento de no matarse por la familia.

     Un cuento raro, por supuesto.

      Pero bueno, el cuento que yo vengo a contar del señor Mateo es la pura verdad. Es la pura verdad porque yo lo vi con mis propios ojos.

     El señor Mateo tenía setenta y cuatro años cuando yo lo conocí. Era profesor de urbanismo en la facultad de arquitectura de la  Pontificia Universidad de Nefelibatta. Lo conocí porque por esas épocas yo me la pasaba tirado en el pasto de la Universidad, embobado con las iguanas. “Les gusta mucho comer flores colorinches, entre más feo y más rimbombante el color, más les gusta”, me dijo el señor Mateo, un viejo muy blanco que yo nunca había visto.  Estaba quieto, con unas fotocopias en la mano, tirado en el pasto, sin zapatos, con un gorrito de explorador que nunca se quitó. La gente decía que no se quitaba el gorrito para esconder el hueco que le hizo la bala.

    De la gastronomía de las iguanas pasamos a hablar de las lavanderías del tercer mundo y de las medias blancas en los hombres de edad, después me contó sobre el tipo de armas que se pueden comprar por menos de un millón de pesos en la calle décima con carrera décima. Y así. Nos encontrábamos casi todos los miércoles, antes de la hora del almuerzo,  sin cita previa, en el pastico de la Universidad. Un miércoles me dijo que uno a su edad, “setenta pasaditos”, tenía que hacerse amigo, exclusivamente, de las señoras de bien, “porque las señoras de bien lo invitan a uno a almorzar y uno sólo tiene que quedarse ahí, con cara de ponqué, escuchando la chismorrería. Y sólo hay una cosa mejor en esta vida que almorzar gratis: el chisme. El buen chisme”.

     Yo sólo escuchaba al señor Mateo. Le escuchaba historias de todo tipo mientras mis ojos se embobaban sistemáticamente con las iguanas que iban comiendo, tranquilitas,   flores moradas, rosadas, aguamarinas, anaranjadas tigre.  
        Llegué un poco tarde un miércoles y el señor Mateo ya estaba ahí. Estaba ahí, pero con los zapatos puestos. Estaba parado en la sombrita de un árbol de flores vacías. “Mijo, vamos a almorzar con unas señoras de bien que me invitaron. Les dije que iba con un alumno muy importante”. (El señor Mateo me había dicho que un día me iba a iniciar en su ritual de almorzar gratis y escuchar chismes). “Oquei −le dije−, por qué no”.  

      Eran tres señoras entaconadas. Pelos cortos pero altos, algo anaranjados. Alguna de ellas olía al maquillaje de mi abuela. Nos sentamos en una mesa negra rodeada por una pecera gigante repleta de langostas que se rascaban las antenas contra el vidrio.  “¿Cuántas?”, preguntó la más animada de las señoras. “Yo me mando una entera, creo”, dije yo. “Yo también”, dijo el señor Mateo. Pedimos cuatro langostas: dos para ellas tres y dos para el señor Mateo y para mí.  

    Las señoras, por fin, arrancaron con su repertorio de chismes. El señor Mateo interesadísimo, con cara de ponqué, y yo más bien embobado con esa anatomía toda alienígena de las langostas. Extrañadísimo de ver la naturalidad con la que los meseros sacaban las langostas de la pecera y se las llevaban a la cocina. “Ya están en preparación”, dijo un mesero muy guapo que conocía muy bien a las señoras. Las llamaba por sus apodos: señora Chichí, señora Mimi y señorita Tuti.   

    Pasaron un par de minutos largos y fui saliendo de mi hipnosis. Empecé a sentir un sonido insoportable que no me dejaba concentrar en la anatomía alienígena de las langostas. Un chillido agudísimo, como el de un bebé recién nacido llorando, que tapaba el rock de los ochentas que estaba sonando en el restaurante…

…“¿Qué es ese ruidito tan desesperante, señor Mateo?"

“Ese es el lamento de las langostas, mijo. Las meten vivas en una olla de agua salada hirviendo. Y así se cocinan mejor”.

“Pero no entiendo, señor Mateo, cómo es posible que puedan llorar, ¿tienen cuerdas vocales?, ¿lloran de sufrimiento?, ¿tienen sistema nervioso complejo?"

“Hay muchas teorías al respecto, mijo. Algunos científicos dicen que no sienten dolor, pero hay nuevos estudios que dicen que sí. Yo la verdad no sé. Yo lo que sé es que a mí me gustaría ser una langosta de restaurante; sentir cómo mi cuerpo se va convirtiendo en ese color tan lindo que tienen los crustáceos cocinados. Nadar por algunos minutos en un mar hirviendo. Sentir las burbujitas del agua. Y después contarle a los clientes el verdadero misterio del sistema nervioso complejo. Me gustaría ser un ciclista que termina el Tour de Francia, y bañarme y verme las piernas llenas de moretones en el espejo. Y después decirle a la gente: <<Acabar el Tour de Francia se siente como tomarse un Bloody Mary después de un tsunami en Bolivia>>. Me gustaría que me enterraran vivo para sentir la lluvia de tierra cayendo en la madera del ataúd. O que me enterraran vivo sin ataúd para sentir la lluvia de tierra cayéndome en los párpados, en los labios, en los dedos de los pies. Y después decirle a mis alumnos que tienen un 0.3 en la nota final del semestre por no llorar en mi entierro. Me gustaría parir un hijo en un hospital público, y después, ahí en la sala de partos, fumarme un paquete de Marlboro después de nueve meses de abstinencia. Y decirle al doctor: <<Señor doctor, el tabaco procesado es la más grande de las creaciones de Dios>>. Me gustaría ser un caracol y darle la vuelta a la ciudad en una bolsa de supermercado colgada de la bicicleta de una niña experta en saltar el lazo…”...


      Yo, la verdad, no pude comer langosta. Le di dos mordiscos que me supieron a bebé quemándose en las hogueras de la Santa Inquisición. El señor Mateo se terminó la mía, pidió un café americano y me dijo que lo acompañara donde el chef.

     Vimos cómo cogían a las langostas vivas (de un color muy diferente a “ese color tan lindo que tienen los crustáceos cocinados”) y las iban metiendo de cabeza al hervidero. Después los chillidos. El señor Mateo me agarró fuertísimo con una mano y metió la otra en una de las ollas hirviendo. Gritó de una manera muy tranquila y, entre el escándalo de los cocineros, salimos caminando de la cocina. “Yo creería que los gritos sí son de dolor”, le dijo el señor Mateo a las tres señoras.  

     Cogí un bus a la casa y me pasé todo el recorrido dándole vueltas a un pensamiento infantil: “creo que el señor Mateo es mi mejor amigo, o algo así”. Creo que de verdad lo sentía. Pero bueno, la verdad es que es bastante fácil ser mi mejor amigo. Basta, nomás, con ser mi amigo. La verdad es que nunca he tenido amigos (ni antes ni después del señor Mateo) porque no logro entender bien qué es lo que me están diciendo los otros. O, más bien, para decirlo mejor,  no logro concentrarme cuando alguien me está hablando de las cosas que hablan los amigos.

      Todos los miércoles, durante dos años y cuatro meses casi exactos, me veía con el señor Mateo en el lugar de las iguanas que comen flores. Después del día del almuerzo, el señor Mateo andaba con un guante vinotinto que le pegaba muy bien con su ropa elegantísima y su sombrerito de explorador. Siempre se  quitaba los zapatos y se ponía a calificar exámenes o a leer fotocopias de los libros de Emil Cioran.  Y después de un tiempo se ponía a hablar. A contar, sobre todo, los chismes de los chismes que le habían contado las señoras de bien. “Ya todos los amigos se están muriendo, mijo. Este lunes se murió Chichí. Creo que tú la conociste. ¿Ella estaba ahí el día de las langostas?”.

       El señor Mateo murió un viernes en la madrugada. Casi un jueves. La noticia me la contó el decano de la facultad, que sabía que el viejo profesor era mi amigo. El  decano me dijo que por favor le avisara a todos los alumnos. Y bueno, la verdad es que yo no conocía a nadie, y mucho menos a la gente de arquitectura. Decidí escribir la noticia en una cartelera, poner la hora y el lugar del entierro y coger un bus hacia el norte.  Supongo que en el recorrido iba pensando en caracoles, en iguanas comiendo flores, en el anaranjado de los tigres.

         Cuando cayó la primera palada de tierra sobre el ataúd, me tiré al hueco y me acosté bocarriba. Alcancé a sentir la segunda lluvia de tierra en mis párpados y en mis labios. La tierra sabía a tierra. Los encargados del cementerio me sacaron del hueco y me pidieron, muy amablemente, que me retirara del lugar. Que un cementerio no es ningún lugar para chistes.


        Me sacudí la tierra de la ropa y decidí irme caminando para la casa.   

sábado, 9 de diciembre de 2017

CUENTO TRISTE Y CORTO

Sin título. Rothko. 


    Yo sé que en literatura, según dicen los que saben del tema, no es muy bueno lloriquear.
  Los expertos dicen que un escritor llorón, quejumbroso, carece de elegancia, de sofisticación estética. Dicen los expertos que un buen texto no debe ser literal con las lágrimas del yo. 

   Y sí, es un poco cierto todo eso. A quién le va importar saber que el otro anda triste. Todos andamos tristes. Cuénteme algo nuevo, señor escritor.

   Pero bueno. Como este es mi mundo, y yo hago lo que quiera con mi cuaderno y mi lapicero, y como ningún experto en literatura lee mis cuentos, y como yo escribo para desbloquear un poco tanta energía psíquica oscura que se me va acumulando en las honduras de mis órganos, voy a contar este cuento para llorar. Para intentar curarme de la tristeza.

   Si usted es un experto en literatura, sería mejor que no leyera este cuento. Me parecería menos doloroso que no lo leyera a que lo leyera y que después se pusiera a decir que los muchachos que andamos escribiendo hoy en día somos tan narcisistas que creernos que a la gente le importa saber si estamos tristes o si tenemos ganas de salir a bailar. Si usted lee este cuento y se pone a comentarlo con sus amigos intelectuales, yo me pondría más triste de lo que estoy y, la verdad, no tengo la fuerza para ponerme más triste de lo que estoy. No lo lea y punto, amigo experto en literatura.

Aquí va, entonces:

   Me siento muy muy muy triste. Y por eso escribo un cuento triste y corto. Escribo un cuento triste y corto para desbloquear un poco tanta energía oscura acumulada. También escribo un cuento triste y corto por puras ganas de decirle a todo el mundo que me siento triste y corto y solo y que no me gusta estar ni triste ni solo ni corto. Me gustaría mucho más estar feliz y largo porque es más divertido estar feliz y largo. Me gustaría más estar acompañado porque es más divertido estar acompañado.

   Siento que no me quieren y que estoy muy triste y muy solo y escribo este cuento para que la gente que lo lea me acompañe y le dé un beso con lengua a mis costillas tristes y solas. Hace un mes dejé de tomarme las pastillas antidepresivas y hace dos meses me abrieron la piel y me sacaron mi corazón morado y lo pusieron en un plato blanco y lo cortaron en dieciséis pedazos y me dijeron que sólo me podía quedar con la parte más chiquita que había quedado de mi corazón morado.

    Como estoy muy triste y muy solo y sólo tengo la parte más chiquita de mi corazón morado adentro de mi cuerpo, y como estoy sin pastillas antidepresivas, entonces estoy intentando un método para curarme. Estoy usando esta enfermedad mental llamada literatura. “La enfermedad mental de la literatura tranquila y corta”, le digo yo.

    El método es corto y sencillo y tranquilo. Es así: usted lee este cuento. De tanto que el cuento dice que yo estoy triste y solo, usted se da cuenta de que yo estoy triste y solo. Usted cierra los ojos y dice en su cabeza: “Pobrecito este muchacho, está muy triste y muy solo. Voy a volver a leer el cuento para acompañarlo. Voy a volver a leer el cuento para que sienta mi energía feliz. Voy a volver a leer el cuento para que el pedazo más chiquito de su corazón morado vaya creciendo con lentitud y tranquilidad”. Y usted vuelve a leer el cuento y yo lo voy sintiendo a usted de una manera lenta y tranquila. Voy sintiendo, mientras usted lee el cuento por segunda vez, que mi pedazo pequeño de corazón morado se va llenando del vapor de su energía feliz. Y poco a poco me voy quedando dormido, leyendo los secretos del techo. Voy, poco a poco, pensando en una canción de Robi Draco Rosa y en las partes menos tristes de las cartas de Van Gogh.


   Es un buen método, creo yo. Pero bueno, estoy ya muy cansado de escribir este cuento. A ustedes les puede parecer muy corto, pero a mí ya me parece que está más largo de lo que debería estar. Algunos expertos en psicología y en estética dicen que la tristeza es un buen motor para la escritura, yo digo que los que dicen eso no saben lo que es la tristeza. O, mejor dicho, no saben lo que es la escritura.        

martes, 30 de mayo de 2017

CÍRCULOS



Simultáneos, Joel Grossman.



Me dan ganas de pintar una libélula anaranjada en la pared de mi cuarto. Compro pintura anaranjada. Pinto la libélula. Me quedo dormido escuchando el viento del ventilador que le va pegando suavecito a una lata de cerveza. Pasa una pulga.

Me levanto. Tomo agua de la llave. Me como un pedazo de salchichón con Coca-Cola Light caliente. Veo la mitad de un documental sobre un transexual brasilero que dibuja historietas. Me aburro. La llamo.

Me dice que me lo jura que no se va a volver a enamorar de su exnovio. No le creo, pero me hago el que sí. Llego a su casa, nos tomamos una cerveza fría, calentamos un arroz con pollo y una arepa de maíz. “Vamos al cine, o a emborracharnos. Qué aburrimiento tan tremendo, qué calor tan tremendo”, le digo. “Hagamos los dos. Primero cine y después emborracharnos”, me dice. Hacemos los dos: pagamos 24.000 pesos por ver La bella y la bestia con la muchacha de Harry Potter, nos comemos una hamburguesa, leemos poemas en internet para pasar más tiempo en el aire acondicionado, compramos una botella de aguardiente, salimos del centro comercial.

Bailamos. Ella baila, yo me hago el que bailo pero en realidad la miro bailar. Suena una salsa de motel, nos reímos de la primera vez que fuimos al motel de la 75. Yo olía a tierra mojada y a botas de obrero, según ella. Ella olía a wisqui con aguacate, según yo. Todo, en la vida real, olía a látex y a sábanas rosadas, pero es más lindo pensar en wisqui, en tierra mojada, en botas de obrero, en aguacate.

Apagan la música. Nos terminamos el aguardiente en el andén. (Ella no dice “andén”, dice “bordillo”, o algo así). Me dice, ya borrachita, que vayamos a esa tienda lejos donde venden shots de tequila a 4.000. Vamos. Nos tomamos cinco tequilas de 4.000. Estamos bastante tomados, diría yo. Ella habla de que en el fútbol, por ejemplo, puede existir una mujer que juegue de líbera capaz de partirle los tobillos a un hombre que juegue de delantero. Yo le digo que eso es imposible, que una mujer no tiene la fuerza para romperle los tobillos a un hombre. Ella me dice que me va a partir las rodillas de un puño. Yo le digo que eso sería imposible, que ni siquiera un señor que haga CrossFit puede romperle las rodillas a alguien, que las rodillas ni siquiera son huesos como los tobillos o como la tibia y el peroné. Le hablo de la Velvet Underground, me invento algunas cosas sobre la vida de Stalin.

Hacemos una apuesta: “Te apuesto a que adivino qué libros están exhibidos en la librería de enfrente”. “Dale”. “El que adivine más libros le gasta al otro una comida con mariscos y vino blanco y todo eso”. “Dale”. Yo digo los primeros libros malos que se me vienen a la cabeza. Ella piensa mejor: dice los libros malos que se han publicado últimamente: #HolaSoyDanny, de Daniel Samper; En honor a la verdad, de Vicky Dávila; Silabario del camino, de Juan Manuel Roca; etc. Cruzamos la calle y miramos la vitrina de la librería. Me gana la apuesta (adivina dos. Yo no adivino ninguno). Le debo una comida con mariscos y vino blanco y todo eso.

Nos sentamos otra vez en la tienda. Pedimos otro tequila. Le recuerdo que yo estaba en esa mesa de al lado cuando la vi cogida de la mano de su exnovio. Le recuerdo lo triste que me había puesto cuando la vi. Le digo que hasta me tocó ir al baño a echarme agua en la cara. Le digo que ese día se veía feliz, mucho menos aburrida que ahora. Le digo que con su exnovio no se le veían los ojos cansados de tanto leer poemas en internet. “¿Confías en mí, me crees que estoy más enamorada de ti que de él?, me pregunta. “No, no confío en ti, la verdad. Pero igual quiero estar contigo y chuparte los pies por las mañanas”. (Todo este diálogo suena a una telenovela, pero así pasó de verdad. Supongo que no todos los diálogos del mundo tienen que ser obras maestras).

Se pone brava conmigo. Deja 20.000 pesos en la mesa, sale de la tienda y para un taxi. Me dice que no quiere estar conmigo si sigo creyendo que está enamorada de su ex. Le digo que es imposible, que puedo disimularlo (si quiere), pero que no puedo dejar de pensar en que está enamorada de su ex. Se va. Yo pido otro tequila. Me fumo un Lucky Strike y trato de acordarme de la clase de geometría mirando las formas de las nubes. Pido otro tequila. Me aburro. Me fumo otro Lucky Strike. Voy al baño. Me veo gordo. Vomito. Pido un taxi. Me dan agua de la llave.

Me tiro en el colchón a terminar el documental sobre el transexual brasilero que dibuja historietas. Me aburro. Me quedo dormido escuchando el viento del ventilador que le va pegando suavecito a una lata de cerveza. Me levanto a las 6:00 am. Tomo agua de la llave. Me dan ganas de pintar la cara morada de René Descartes en la pared de mi cuarto. Compro pintura morada. Pinto a René Descartes. Me quedo dormido escuchando el viento del ventilador que le va pegando suavecito a una lata de cerveza. Pasa una pulga.

Me levanto. Tomo agua de la llave. Me como un pedazo de salchichón con Coca-Cola Light caliente. Veo la mitad de un documental sobre un señor que tiene una granja y mata su propia comida. Me aburro. La llamo.


Me dice que me lo jura que no se va a volver a enamorar de su exnovio. No le creo, pero me hago el que sí. Llego a su casa, nos tomamos una cerveza fría, calentamos unas lentejas y picamos un tomate casi podrido. “Vamos al cine, o a emborracharnos. Qué aburrimiento tan tremendo, qué calor tan tremendo”, le digo. “Hagamos los dos. Primero cine y después emborracharnos”… 

jueves, 5 de enero de 2017

POLVO

La elección, Victor Brauner. 



Este cuentico va dedicado al personaje
principal de
El castillo de Kafka.






    Ya con el corazón convertido en miles de polvos de colores, parecido a una bolsa de ese polvito que comprábamos a 300pesos en la tienda de la esquina (¿Minisigüí, Minisikuí?), ya con el corazón parecido a los huesos pulverizados que le quedaron a mi hermanito en su muñeca después de haberse caído de un balcón, polvo, Pregúntenle al polvo,  polvo de colores pastel, color mariguana, color antología bilingüe de los poemas más tranquilos de William Carlos Williams…ya con el corazón, el polvo de corazón, en un plato de porcelana o en una olla plateada para hacer espagueti, decidí, ya cansado, agotado, buscar algo de ayuda.

   “No tengo más las fuerzas para cuidarme a mí mismo, no tengo más las fuerzas para intentar pegar estos polvitos de colores y ponerlos de nuevo sólidos, uno, para tratar de meterlo, uno, de nuevo en su lugar. ¿Conoce usted a alguien que me pueda ayudar a no ahogarme por las noches vomitando mi propio polvo de colores pastel? Es que me levanto un poco triste, todo chorreado de mi propio músculo de los músculos, todo aguamarina, anaranjado, verde mariguana, morado con cuerpo de hombre y cabeza de elefante, olor a Menticol, a Icopor; sabor a pulpo, a patacón, a vino blanco, a jugo de melón”, le dije al viejo Ramón en un café de la calle 84, mirándolo un poco a él pero mirando, más bien, el humo de madera que le pasaba flotando por sus ochenta y cinco ojos que todavía le quedan debajo de las gafas, que en español se le dice anteojos y muchas cosas más. “Yo no sé nada del amor, mijo –me dijo el viejo Ramón– , pero conozco a un poeta ruso, un gran maestro, que te puede ayudar a sanar”. Y me escribió la dirección en un papelito. Quedaba ahí, en mi mismo pueblo.

    Salí en el bus amarillo y vi, allá, las casitas detrás del mar, allá, el pueblo del poeta que era mi mismo pueblo, y la música duro, y el aire en mis ojos duro, y los huecos de la carretera duros. En el bolsillo del bluyín, los poemas de William Carlos Williams. En la mano derecha, el plato repleto de polvitos de colores (mi músculo). En la mano izquierda, unas flores para el poeta y el papelito que me había escrito el viejo Ramón. 

     Bajarse del bus amarillo, y el sudor, y el malecón ahí de frente y la camiseta mangasisa ya manchada de todos los poemas. Parar cualquier moto, 1.000pesos, y salir derecho por el malecón destruido de tanta sal y de tantos perros mojados, y sentir, con cada ola, con cada espuma (más bien), el sabor a galleta de aguardiente que queda en la boca después de haber vomitado tanto polvo, tanto hueso, tantas ganas de mirar juntos (el amor) la pastilla azul que se le echa al inodoro para que quede todo azul, el agua azul, la espuma azul, y el orín lo convierte todo en verde y bajamos juntos la cadena y todo, ¡hermoso!, se llena de azul otra vez. Casi para siempre.

    Bajarse de la moto, pagar los mil, y entrar por el jardín de la casa del poeta ruso. Y él ahí, comiendo schi, con su cresta rusa untada de schi, sentado en la mecedora, con sus aretes dorados y su uniforme militar. “Buenas tardes, maestro. Aquí le traje estas flores, están lindas, huelen a pájaros. Maestro, el viejo Ramón me dio su dirección, vengo a que me ayude a pegar este polvo de colores que traigo aquí en este platico, quiero metérmelo de nuevo en mi cuerpo, vengo a que me ayude a poder volver a dormir, tengo muchas ganas de comer bien y que las cosas me sepan a comida, no al espíritu de un pulpo o de un vino blanco o de un patacón. Necesito un poco de ayuda, maestro”.

– Hola, muchacho, tienes cara de enfermo, ¿cuánto dinero tienes en este momento?, ¿cuántas ganas tienes de formar una familia de bien?-, dijo el poeta ruso comiéndose una cantidad enorme de schi con una cuchara de palo.

  Pues, maestro, casi llegando a cero en cuanto a lo del dinero. Y, pues, casi llegando a cero en cuanto a lo de la familia de bien-, le dije con las pestañas perdidas en el infinito de su sopa.

– Entonces olvídate de las mujeres, de todas, y empieza a trabajar en el gran arte de lo masculino. Deja que te viole un negro y ámalo, entiéndelo, trata, poco a poco, de entender el amor de los hombres. Conecta con los hombres, ama a los hombres, besa a los hombres; deja que te toquen a ti, que te besen, que te abracen por la espalda… Haz lo que te digo y, como magia, se va a ir pegando el polvo que traes en el plato. Después, cuando esté sólido, ven aquí y yo te lo vuelvo a meter en el pecho. Tráeme el polvo completamente compacto y yo con mucho gusto te hago la operación.   


    …y salí de ahí en una balsa de guadua, y la moto de nuevo, los mil, el sabor a galleta de aguardiente que trae la espuma, el bus amarillo, la música, la camiseta mangasisa regada de poemas. Y llegar, de nuevo, al café de la 84 donde me estaba esperando el viejo Ramón. Expresso doble color café remolino, negro remolino, negrocafé remolino. Ir cerrando los ojos, el mareo del sueño, y tumbar la cara en el platico lleno de polvos y mancharse los cachetes y las pestañas de colores… por fin dormir. Ahí en la mesa del café con la cara embutida en mi propio músculo, dormir, dormir, dormir… “Mijo, mijo, soy yo el que me quedo dormido en estas reuniones, no tú. Estás muy cansado, mijo, ¿qué necesitas?, ¿para qué me citaste aquí? Me estabas hablando de un polvo de no sé qué colores, ¿cómo que vomitar polvo?, ¿cómo que chorreado de tu músculo?, ¿de qué me estabas hablando? Descansa, mijo, ve a un doctor”. 
“¿Qué día es hoy, Ramón? Estoy un poco perdido. ¿Usted no tiene, por casualidad, el teléfono de un buen psiquiatra?”.
“Descansa, mijo, descansa, aprovecha estos diítas de enero que no hay trabajo. Está muy lindo este regalo de los poemas de Williams, lo leeré con juicio y te cuento. Vete para la casa, mijo, descansa, mañana te paso el teléfono de un buen doctor. Tranquilo, descansa”.