domingo, 3 de enero de 2016

JUANA Y 15.000 COCODRILOS.

Árbol de la vida, Gustav Klimt

   "Hay tantos y hay tantos tantos y tan verdes grises y tan grandes y tantos y tan tan juntos y tan quietos parecen estatuas piedras y tan grandes y con esos dientes colmillos tan enormes, tan gigantes, que si diera yo ahora mismo un saltico hacia adelante, un salto pequeñito, me caería al río y se vendrían todos esos monstruos al mismo tiempo y de tanta tanta hambre que tienen se tragarían todo mi cuerpito en uno dos cuatro segundos. Empezarían tragándose mi barriga de niña con todo el desayuno que desayuné hoy y después mis manitos y mi pelo de niña y después se chuparían toda mi sangre y mi corazón...", pensaba Juana, Juana la linda, mientras miraba a un montón enorme de cocodrilos enormes  que tomaban el sol al borde del río.

   Es que Juana, Juana la linda, antes de estar tan concentrada y tan pensativa viendo esa imagen tan potente que ahora la tenía toda loquita (toda aterradita), se había encaramado en un árbol altísimo para comprobar, con sus propios ojos del color de la miel, si era cierto todo eso que andaba diciendo la gente del barrio. "¡Hay como 15.000 cocodrilos en la orilla del río!", gritaban las gentes. Y Juana quería verlos con sus propios ojos del color de la miel.

   Quería (Juana) enfrentar de frente ese miedo tan tremendo que le había tenido toda la vida (todos sus 22 años de vida) a esos lagartos gigantes y verdes y grises y esos dientes tan miedosos que daban ganas de salir corriendo por las calles arenosas y llegar corriendo a la tienda de Doña Ceci y pedir un aguardiente frío y nunca más pensar en esa idea gaseosa de que algún día los cocodrilos podrían conquistar todo el barrio y subirse hasta las camas de toda la gente.

      "...y si se me comen el corazón —seguía pensando Juana con su pelito casi dorado de habérsela pasado toda la vida al lado del sol y del río y de los pescadores—, si me comen el corazón se me van a comer también las cosas lindas que están guardadas ahí, tan secreto y tan mío todo lo que llevo ahí guardado en esa cajita de sangre y cables, en ese músculo del tamaño de un mango biche. Y los cocodrilos, cuando se traguen mi corazón, van a poder ver y oler y sentir y tocar y respirar ese día que habíamos salido temprano de casa y él me estaba esperando con su bicicleta y su caja de chicles y una botella de tequila caliente y llena, la botella, del viento que tanto le iba pegando cuando la bicicleta salía disparada por las calles del barrio y la arena y el río allá a lo lejos... Y los cocodrilos van a poder ver lo que es ser yo con el pelo suelto, tan suelto,  agarrándome de la espalda de Felipe y bajando en bicicleta hasta la orilla del río y sacar la botella llena de viento y tomar y el pelo suelto, sueltísimo, y seguir bajando a toda velocidad y llegar a esta misma orilla donde todavía no estaban los 15.000 cocodrilos estos. Y decirle ya tirados en la arena: Felipe, si usted me va a besar, espérese a que nos terminemos el tequila porque yo soy una muchacha muy nerviosa...  Y Felipe ahí, esperando tranquilamente, mirando el sol y mis pies, tomando sorbitos pequeños y mirándome mi miedo de que saliera algún cocodrilo de repente y la bicicleta ya tirada en esa arena mojada que tienen las arenas de las orillas de los ríos. Esperando, el lindo de Felipe, hasta que se acabara la tal botella para poderme besar..."

   Y uno a uno se fueron yendo los cocodrilos hacia otros lados lejanos de otros ríos. Y Juana se quedó ahí, en el árbol, como esperando a que algo más pasara. Pero nada más pasó y Juana se bajó del árbol y se acercó lentamente a la orilla y tocó esa arena mojada que tienen las arenas de las orillas de los ríos y se tiró en la arena a esperar a que baje el sol para poder pedirle algún deseo a la primera estrella que se asomara por ahí.

lunes, 13 de julio de 2015

COSAS DE NIÑOS







René Magritte, L'Invention collective 



*Cuento publicado en Revista Mil Inviernos. 





     Se había quedado tanto tiempo, tanto, mirando las frutas del frutero que había decidido, así nomás, (de tanto mirar las frutas), que la vida, la vida de los hombres, no podía funcionar de la manera como había estado funcionando. Era imposible, completamente imposible, el hecho de tener que ir a la tienda y pagar (¡pagar!) para comprar una uva, una piña, una mandarina…
      Había pasado tantos días, tantos, sentado en las olas y en la olas que iban y venían como una mariposa que se ve en lo lejos de las cosas. Había pasado tantos días así que se había parado de las olas y había ido corriendo donde su padre y le había preguntado que cuánto había costado el derecho de poder sentarse y mirar las olas. Es que había podido mirar las olas durante tanto tiempo, tanto, que era un tiempo casi infinito el que le habían dado para pasar sus vacaciones en las olas. “¿cuánto pagaste, Pa?”, “¿cuánto cuesta mirar el mar?”. Y Pa, sabiamente, le había explicado que mirar el mar no era lo que costaba, que lo que costaba era la habitación del hotel, la comida del bufé, “el espacio- decía Pa- , lo que cuesta es el espacio desde donde se puede ver el mar tan bonito”.
     Le había dado vueltas y vueltas al asunto, la cabeza hecha ladrillo y carne y sangre de tanto pensar: “El espacio”. “El lugar, los lugares”. “Lo que cuesta es el espacio”. “El mar -pensaba y pensaba- es sólo agua. Es sólo agua grande que está. Es. Es agua que está ahí”. “¿Por qué cuesta mirar el agua?. No, no, lo que cuesta es poder tener un espacio para poder mirar el agua”. “¿Y las frutas?”. “¿Qué pasa entonces con las frutas?”.
    ¿Qué era lo que costaba de las uvas?, ¿acaso era el espacio para comer las uvas?, ¿no eran las uvas lo mismo que el agua?… "Papá, papá, ¿cuánto cuesta comerse una piña?”. Y Pa, sabiamente, le había explicado que lo que costaba no era el comerse la piña, sino la piña misma. Le había explicado que lo que se paga es el trabajo que cuesta conseguir una piña. “¿De dónde vienen las piñas, Papá?, ¿por qué cuesta trabajo conseguir una piña?”. Y Pa, sabiamente, le había explicado que la piña (ananá) viene de una linda planta que crece en la tierra, en los campos donde trabajan duro los campesinos… "¿y cuánto cuesta una planta de piñas, Papá?…No, no me respondas, Pa, creo que ya estoy aprendiendo. Lo que cuesta no es la planta, sino el espacio donde crece la planta. El lugar. Una uva, una ola, todo eso cuesta lo que cuesta un espacio, papá, ¿no es así?”.

sábado, 16 de mayo de 2015

NADA PARA CONTAR



Persona tirando piedras a un pájaro, Joan Miró. 




     Después. Todo se cuenta después….


      Después de haber llorado toda la noche, cargado hasta las tripas de café y lapicero, mi amigo me lo contó con un aire todo tranquilo, todo relajado, todo disipado, todo corrido. Ese lloro, me decía, le había servido para entender una metáfora (un “dicho popular”) que siempre le había parecido extraño. Era ese tipo de “dichos” que nos parecen bonitos pero que los vemos desde lejos, apartados, distantes, por fuera de nuestros corazones…Era, lo recuerdo muchísimo, ese dicho que dice algo como “todo viento es favorable para quien sabe pa´ dónde va”. Después descubrí que la cosa, aquella metáfora, no era tan así como me la había contado mi amigo. Creo que eso aparece, más bien, en algún libro de Schopenhauer y que, como todo en los libros de Schopenhauer, tiene un bello matiz negativo: “No hay ningún viento favorable para quien no sabe para dónde se dirige”. O algo así. Estoy seguro de que la cosa es más poética, más rítmica…Tiene que ser.

        El punto principal de todo esto, para mí, es que me parece muy extraño estar contando este cuento, pues, normalmente, contamos cuentos cuando hay algo para contar; cuando nos pasan cosas que creemos que debemos regalarle a la otra gente. Aquí, como ya lo pudo adivinar el lector, no ha pasado nada. Es decir: no ha pasado nada digno de ser contado. De todas formas, por alguna razón cósmica, me dan ganas de narrarlo y –con el permiso de ustedes que creen que sólo se puede contar lo que es digno de ser contado–  lo voy a narrar. Mal o bien, lo voy a narrar:

      …a un amigo mío le dan una noticia. No es una mala noticia pero va a cambiar su vida para siempre. Una noticia de esas fuertes. Potentes. Mi amigo se va, como perdido en la estratosfera, para su pequeño apartamento en Chapinero Alto. El apartamento tiene un ventanal hermoso por donde puede ver toda la podredumbre que se va chorreando de esa ciudad que lo vio nacer; esa ciudad loca que lo vio tratar de vivir, que lo vio ganarse sus primeros pesos como caricaturista de pacotilla, que lo vio darse besos con sus primeros amores, que lo vio probar sus primeros cigarrillos, que lo vio comprarse una edición baratísima de los poemas de Rilke. Después (todo se cuenta después) de que le dieron la noticia y de quedarse unas horas mirando por el ventanal, mi amigo se prepara una jarra enorme de café turco, saca su paquete nuevecito de cigarrillos Piel Roja, saca un lapicero y un pequeño cuaderno sin tiempo (esos cuadernos un poco infinitos). Toma café y dibuja y llora y fuma Piel Roja. Dibuja rayones, mamarrachos, garabatos.  A eso de las tres de la mañana, con los ojitos ya hinchados de tanta lágrima, decide escribir un pequeño “plan de vida”. Saca el cuadernito y escribe una mini-pregunta:
“¿Qué quiero?”. Y haciendo un ejercicio un poco infantil se responde a sí mismo: “Quiero comprar muchos libros de segunda, muchos, alquilar un lugar pequeño y barato y dedicarme a venderlos. Recomendarle a la gente algunas cosas lindas de la literatura, de la filosofía, de la historia de la música, de la historia de la pintura, cosas así…Leer el periódico, tener una familia linda, una vida buena, sencilla. Vender café bueno, salir al parque de vez en cuando a mirar los pájaros, ver uno que otro partido de fútbol, dibujar poco (pero dibujar), y así. Cosas así. Cosas de ese tipo. Eso es lo que creo que quiero”.

     A las cinco de la mañana se toma el último café y se fuma un Piel Roja (quedan tres en esa caja que ya está magullada, derrotada). Se echa agua en la cara, 5:17am, y me llama:

–¿Aló?

–¿Aló?

–¿No te has puesto a pensar en ese dicho de “todo viento es favorable para quien sabe pa´ dónde va?

–…………..

– Es algo así, el dicho. O algo como “marinero que conoce su puerto no le importa el viento”…O algo así. No sé bien cómo es que va ese dicho…

–No, mi hermano, la verdad no había escuchado ese dicho. Además no creo que sea un dicho. Los dichos tienen que tener como ritmo, como música, eso a mí no me suena a dicho. Me suena a Schopenhauer, o a Epicuro…No sé, hermano, son las cinco de la mañana, ¿qué pasa?, ¿cuál es el inconveniente con ese dicho?

–No sé, la verdad. Tenía ganas de preguntarle a alguien si se había puesto a pensar en ese dicho del viento y de saber pa´dónde ir y eso…No sé.


…Y ese es el desenlace de este cuento.                

domingo, 7 de diciembre de 2014

DURAZNO


Punto de vista icónico de toledo, André Masson.







                                                                                                        Para mi madre.






1

La palabra “durazno” no se parece tanto a los duraznos…La palabra, que la vi volando y creciendo adentro de mi uñas, es una palabra violenta. Una palabra que tiene el color de las hormigas.

El durazno, en cambio, es una fruta hermosa (no quiero decir, ojo con eso, que la palabra no sea hermosa también). El durazno, si lo miras desde arriba, se parece a las nalgas de una nena, y el anito ahí, en la mitad de un cosmos. Es peludito, el durazno. Es amarillo, anaranjado, medio verde, medio rosado. Tiene la forma y el tiempo del planeta tierra cuando lo miras desde un cohete que ya salió a la parte negra del cielo. Y cuando lo muerdes, cuando le sacas el juguito, llegan a ti, como una explosión de burbujas en el dolor de las canas y los zapatos rotos de tanto caminar, todos los recuerdos del mundo. Comer durazno es una forma de recordar lo que ha sido de la vida.


Mi primer recuerdo es un durazno. Después descubrí mi amor por las guitarras acústicas, después supe que iba a ser escritor, después supe que iba a ser un poeta miserable que anda vomitando los andenes de la ciudad; después llegó a mí, de repente, ese odio absoluto por todos los escritores que quedaban vivos en Colombia, y después, mucho después, estoy aquí: escribiendo cuentos como un loco para que vengan todos los escritores y todos los poetas a decir que uno cómo se atreve a publicar cuentos tan malos. Con tanto error gramatical, con tanta rabia tan desbordada y tan mal plasmada en el papel.

“Disculpa –me dijo un pelafustán de esos– ,te leí al mismo tiempo que a Verlaine. Te tocó una competencia dura. ¡Tus cuentos, a fin de cuentas, son una porquería!”. 


“Pues usted es una gonorreita; usted es un señor muy feo, señor”, le dije yo. No se me ocurrió nada más inteligente para decir.

Después me fui para mi casa, me miré al espejo y me di cuenta de que me era imposible evitar las lágrimas. Estaba tristísimo. “¿Por qué todo el mundo dice que mis cuentos y mis poemas son tan malos, mamita?, yo siento que soy un buen escritor”, le decía yo a mi madre con los ojos rojos de tanta angustia. “Tranquilo, mi amor, –me decía ella– lo que pasa es  que no te entienden. Algún día te van a descubrir. Algún día se van a dar cuenta de que no ha nacido un mejor escritor en este país desgraciado”.

Me fui a tomar un café, a fumar un Piel Roja, a comer un durazno. Saqué el cuadernito y empecé a escribir un cuento sobre el color de una hormiga, que es violento, que es lento, que no le hace caso a la gramática…


3

Mi primer recuerdo, decía, es un durazno. El durazno, que estaba como mojado, permanecía estático, levitado, en una pequeña mesa de madera. Recuerdo muy bien que era la mesa de algún cuarto. No era la cocina. No era el comedor. Era  un cuarto con dos camas sencillas, con unos guantes de box colgando de la puerta,  sin libros, sin cuadernos, sin guitarras acústicas.



domingo, 26 de octubre de 2014

SÍMBOLOS

El naufragio, William Turner


Para la chica de los símbolos.



Llevábamos como cinco años sin hablarnos hablarnos. Hablábamos por símbolos, por tormentas, por barcos de vela. Hablábamos por la sangre, bucaneros descostillando la ortografía; pero nunca nos habíamos dicho ni una sola palabra.

El primer contacto simbólico fue un poema que le tiré por debajo de la puerta. Un fragmento hermoso de una Iluminación de Rimbaud: “Mi camarada, mendiga, ¡niña monstruo!, cuan poco te importan, esas desdichas y esos obreros, y mis turbaciones. Únete a nosotros con tu voz imposible, ¡tu voz!”. Después –creo que pasaron dos o tres días- ella puso en su puerta un cepillo para peinar que le iba saliendo una trenza de pelo. No sé si me explico: era un cepillo blanco y, como pegada al cepillo, una trenza larga de pelos amarillos. Pelos pelos de la vida real… Supe que era para mí porque el curioso objeto venía con una notica que decía: “Para Rimbaud, de la niña monstruo”. Cogí el cepillo, me lo llevé a la casa y me puse a ver la cosa durante horas. Era perfecto hasta las seis siete de la mañana.  a a mi hamaca a leer el techo y a tomar cafu propia gastritis. eal.  ese cepillo con pelos. Me puse a leer el techo desde mi hamaca. Saqué la guitarra y la guitarra y la guitarra y traté de componer una canción sobre la palabra piña, que era bella, la palabra. “P-I-Ñ-A”. Ya se había formado en mí esa cosa rara que pasa con los símbolos. Ese mundo. Ese amor.

Pasaron, como ya lo dice la primera línea de este cuento, cinco años de habladuría simbólica. Cada vez había más confianza: yo ya le mandaba poemas míos que había escrito para ella y ella ya empezaba, poco a poco, a bajar las cosas a la vida normal. Pero todo, poco a poco, se devolvía a los aires.  Las notas, a veces, decían cosas como “Hola”, o como “La última canción que me mandaste estaba hermosa”. Pero casi siempre se trataba de un diálogo oculto: músicas extrañas, poemas enloquecidos, imágenes que se iban rompiendo en los espacios siderales que cada uno guardaba en su propia gastritis. Y yo, siempre, casi siempre, de vuelta a mi hamaca a leer el techo y a tomar café hasta las seis siete de la mañana. Andaba yo en unos tiempos raros, difíciles, marginándome a mí mismo de mí mismo. Trabajando duro, durmiendo poco, comiendo poco, fumando mucho, tomando mucho aguardiente. Sólo existían los símbolos que iban llegando cada dos o tres días a la puerta de la chica de los sueños. Había un amor ahí, pero era un amor extraño. Rocoso. Vidrioso. Hoy, que lo pienso, puedo decir que no andaba bien por esos días: quería abrazos y ese tipo de cosas, pero mi vida era demasiado nebulosa para pedir las cosas de frente.

Un día, como si nada, decidí que le quería dar un beso de frente, en la frente, o lo que sea, en donde sea, pa las que sea. No sé, verla a la cara y decirle: “Mi amor eres tan linda me gusta todo lo que dejas en tu puerta me hace sentir tu mundo de chica punkera que escucha el jazz a todo el volumen del mundo y vas fumando cigarrillos sin filtro me encanta que te encanten todos los escritores que yo leo todos los días todos los días te gusta Rulfo y a mí me gusta tanto que te guste Rulfo que me dan ganas de tirarme de un edificio”. 

Llegué a la puerta y había un nuevo símbolo: While My Guitar Gently Weeps, de Los Beatles. Toqué le puerta y abrió ella. “¡Rimbaud!”, me dijo. “Ajá”, le dije. “Dañaste la magia. ¿Por qué no dejaste que la poesía fuera sólo poesía?” (dijo eso, pero no parecía brava. Sonreía. Todo era un juego. Era hermosa). Charlé un rato con ella. Le dije todo de mí y ella me dijo todo de ella. Salí de su casa con una sonrisa…salí más borracho de lo que entré.


En el fondo (y fue innegable desde el momento en que dijo “¡Rimbaud!”), yo sabía que yo era el que estaba enloquecido por esa chica, pero ella no estaba ni cerca de estar enloquecida por mí. A ella sólo le gustaba el jueguito simbólico que yo había matado, así nomás,  por tratar de traer la poesía al mundo de los vivos y los muertos. A este mundo donde la poesía no sabe respirar.  

viernes, 3 de octubre de 2014

KAFKA



Marc Chagall, El beso



Un día me levanté y ya estaba convertido en dolor de barriga. Absolutamente.  Llegué al trabajo y todos me miraban como diciendo: “No, no, no. Este ya se convirtió en dolor de barriga”. Pero nadie se atrevía a decírmelo en la cara. Es como cuando uno empieza a hablar con alguien que tiene un grano gigantesco. Uno se empieza a tocar la propia cara en ese lugarcito donde el otro tiene el grano, como diciéndole: “Mi hermano, usted tiene un cosa ahí muy fea pero me daría vergüenza con usted decirle que se espiche eso”. O como cuando una chica tiene un herpes en el labio. Uno no va a ser tan atarbán de decirle: “Hermosura, te prendieron una infección bien áspera en ese labiecito tuyo”.

Iba yo un poco triste. No es fácil ser un dolor de barriga. Y es peor aún cuando no hay un proceso de conversión (como dirían los judíos). Es decir: todos los dolores de barriga que he conocido (que son dos o tres) se han ido convirtiendo; han pasado por un proceso donde pueden pensar en cómo reestructurar sus vidas y todo ese tipo de cosas: ¿cómo hago para dejar de ser un humano?, ¿cómo me voy a ganar el sustento del día a día?, ¿qué es ser un dolor de barriga?... Yo no. A mí me cogió de un día pa otro…Me levanté, me di cuenta de que ya no era un muchacho hecho y derecho, entendí todo eso del dolor de barriga y pensé en Kafka: Gregor Samsa se levanta convertido en esa musaraña y se queda todo el día tirado en ese cuartico lloriqueando sobre la existencia…la diferencia es que a mí sí me tocaba ir a trabajar y que la existencia no tenía nada que ver en todo eso. “Los dolores de barriga no son como los bichos de Kafka”, me dije. Traté de reírme de mí mismo: “¿Cómo puede ser posible que, después de entender la tragedia en la que estaba volcado, lo primero que se me venga a la cabeza sea una referencia literaria?”. Me estaba convirtiendo en esos intelectuales horrorosos que todo lo relacionan con Virgilio o con Spinoza.  Como decía: “traté de reírme de mí mismo”, pero, como me fui a dar cuenta ahí mismito, los dolores de barriga no tienen la facultad de la risa. O mejor dicho: no he descubierto cómo es que se ríen los dolores barriga.   

Iba yo un poco triste caminado por las “zonas verdes” de mi trabajo -por un bosque pequeñito que hay en el fondo del colegio donde daba clases de literatura antes de convertirme en un dolor de barriga- y vi a lo lejos a una muchacha que venía hacia mí. Traté de esconderme un poco. Me daba mucha pena que me vieran así de melancólico (así de dolor de barriga). “Josef”, me gritó. “Hola”, le grité.  Ella me miraba con una sonrisita toda pícara y yo miraba al piso. Me quedé embobado con un mariposa muerta que parecía haberse ahogado en el pasto:  

Te estaba buscando. Me di cuenta esta mañana de que te habías convertido en dolor de barriga. ¿Cómo te sientes?  

Pues bien. Un poco triste.

¿Te duele?

Un poco. Digo: en la barriga… ¿sí me entiendes?


Sí. Más o menos.

Como ya no tenía nada que perder, saqué de mis tripas (que ya se habían apoderado de la totalidad de mi anatomía) toda la fuerza del mundo. Esa fuerza que era imposible de sacar antes de convertirme en dolor de barriga:

¿Le darías un beso a un dolor de barriga?-, le dije.

La mariposa ya se había desaparecido en las inmensidades metafísicas del pasto.

Sí. Creo que sí le daría un besito a un dolor de barriga. Pero hoy no puedo. Tengo un novio, una vida y todas esas cosas…

Ah, ya. Gracias de todas formas. Me haces sentir un poco mejor. Me reiría si pudiera. 


Salí ese día del trabajo un poco más cansado que de costumbre. Me dolían mucho los tobillos. Cogí el Transmilenio y -entre las miradas extrañas de todo el mundo- me puse a leer un libro amarillo de Salvador Garmendia. La vida era triste pero linda. Gris. Un gris lindo.  Un gris parecido al de las mariposas cuando se van ahogando en el pasto. Traté de escribir algo hermoso en los espacios blancos del libro de Garmendia, pero todo, de repente, se hacía un poco derretido; un poco parecido a un relato sobre un muchacho que se convierte en dolor de barriga.  “Ser dolor de barriga es una forma de derretir las cosas.”, me dije. No pude reír. “Ya basta. Aquí quiero terminar este cuento. Me cansé de escribir.”, me dije unos segundo después. No pude reír.