jueves, 15 de mayo de 2014

JUEVES



Pablo Picasso, Autorretrato (1901)



Vivíamos………………………………………………………………………………………………….............................................…………………………………………………………………………………………………..........................................................…………………………………………………………………………………………………..........................................................………………………………………………………………………………………………….… Digo, es decir, o sea, vivíamos acostumbrados a vivir............................................................………………………………………………………………………………………………..............................................................…………………………………………………………………………………………………..........................................................…………………………………………………………………………………………………..........................................................………………………………………………… O sea: vivíamos. Sólo vivíamos………………

……………….Recuerdo que era un jueves……………..

…no suelo tener en la cabeza las fechas y ese tipo de cosas, pero recuerdo a la perfección el color de los días de la semana: el lunes es azul rey, el martes verde, el miércoles es de un café extraño, el jueves es azul (un poco diferente al del lunes), el viernes es verde (idéntico al del martes), el sábado es blanco y el domingo es una pipa; un chocolate caliente; una revista con alguna mierdosa publicidad de algún concurso literario…

…era jueves (un poco diferente al azul del lunes) y vivíamos. Yo leía ensayos de Chesterton y una edición bilingüe de los poemas de Verlaine. Estaba tranquilo, amañado, calientico, pensando en mi deseo incontrolable de ser uno de esos poetas que mueren en la pobreza absoluta, ahí, yo, tirado en la calle con ese librito de mierda que publiqué con mis propios ahorros…y que en treintipico de años me reconocieran como ese gran-poeta-nunca-comprendido que captó el secreto de los árboles del desierto…O algo así…Es extraño, pienso ahora mismo, eso de uno de querer que no lo comprendan a uno. Es extraño, es muy extraño, pero a mí siempre me ha pasado. Todo el tiempo. Siempre me pasa. Pasa muy a menudo cuando uno recuerda esas imágenes de García Márquez dándose abracitos con la crema y nata…no sé…pasa mucho eso de querer ser un poeta que nadie lo lea a uno…

…era jueves (un poco diferente al azul del lunes) y yo leía ese hermoso ensayo titulado “un trozo de tiza”, pero me era muy difícil la concentración porque cada diez segundos, cada vez que leía una oración, cerraba el libro para volver a echarle un vistazo a la portada. Recuerdo esa portada con mucha alegría: aparecía una gigantesca foto de Chesterton, ¡ay!, con sus gafitas, su bigotico, su cara de osito; aparecía Chesterton con todo su ser; con su belleza absoluta…Como decía, era jueves (un poco diferente al azul del lunes) y vivíamos. Yo leía en mi pequeño cuarto y tomaba algunas notas sobre lo que leía, pero dichas anotaciones no eran más que unas extrañas (dudosamente heterosexuales) alabanzas a la cara de Chesterton…Estaba tranquilo, amañado............................................................ ……………………………………………………………………………cuando, de repente, sonó un golpe fuertísimo que venía, seguramente, de la calle de enfrente. Saqué la cabeza por la ventanita de mi cuarto y descubrí que el sonido había sido producido por una guitarra que había sido lanzada desde algún techo vecino (en mi memoria quedó marcado por siempre ese sonido que produce una guitarra cuando choca contra el asfalto frío).
Sentí una tristeza enorme al ver una guitarra tirada en el piso; toda rota; toda desgualachada; toda magullada…¿Por qué iban a tirar una guitarra del techo?...



Dejé mi libro en el estante, salí a la calle y comprobé que sí; que, efectivamente, habían tirado una guitarra de algún techo vecino. Entonces, cuando me agaché para recogerla, sentí otro ¡pum! a mis espaldas. Giré la cabeza y descubrí que habían tirado otra guitarra…Me acerqué para ver quién era el que andaba tirando tanta guitarra y ¡pum!, una tercera guitarra golpeó la calle...


Decidí volver a mi cuarto para ver todo desde mi ventanita: uno ahí, con su café caliente, con su cuarto lleno de papeles, con su ventanita, contemplando los misterios del mund…y ¡pum!: una cuarta guitarra y ¡pum!: cinco…y ¡pum!: seis, ¡pum!

¡pum!

¡pum! ¡pum! ¡pum!,

¡pum! ¡pum! ¡pum!,

¡pum!: veintiocho y ¡pum!: treintiseis,  ¡pum!.........¡pum!......... ¡pum! ¡pum! ¡pum!.. y si levantas la cara, querido e hipócrita lector, te darás cuenta de que las guitarras van cayendo del aire; de los cielos; de las nubes… ¡pum! ¡pum! ¡pum!: docientasetetitres………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………. Llueve, llueve, llueven guitarras. ¡Lluvia de guitarras acústicas!, ¡las guitarras de la lluvia acústica!, ¡la acústica de las guitarras de lluvia!…


…y esperar a que escampe. Ahí, en la ventanita , con el café caliente, con el cuarto lleno de papeles, con esa nostalgiecita que traen, siempre, los días de lluvia. Y volver, después del aguacero ¡pum!: treintainuevemildocientascuarenticuatro, a las cosas de la vida. Sacar, de nuevo, el libro de Chesterton, los apuntes, los anteojos, y salir del cuarto a preparar más café...................................................................................... ………………………………………………………………………………..................................................................................………………………………………………………………………Vivíamos………………………………………………………………………………………………….............................................…………………………………………………………………………………………………..........................................................…………………………………………………………………………………………………..........................................................………………………………………………………………………………………………….… Digo, es decir, o sea, vivíamos acostumbrados  a vivir...........................................................………………………………………………………………………………………………..............................................................…………………………………………………………………………………………………..........................................................…………………………………………………………………………………………………..........................................................………………………………………………… O sea: vivíamos. Sólo vivíamos………………

martes, 29 de abril de 2014

PARÉNTESIS

William Kentridge, Dibujo de Stereoscope.




El transporte público, aquí (en mi país), sirve para pensar. Uno va, va... (como entre paréntesis). El mundo se queda quieto (como atrofiado) en ese ir y venir tan extraño que da un poco de nervios, un poco de sudor, un poco de carne viva, un poco de músicas que van saliendo de los audífonos y van llegando, tranquilas, al fondo último de las memorias intranquilas. Uno recuerda que la vida no ha sido tan difícil como uno mismo lo ha creído. Uno recuerda ese día en la playa: Jim Morrison, tabaco fresco, pescado frito, patacón, arroz con coco...aguardiente frío, fogata, acordeón. Uno recuerda, uno recuerda.

En el transporte público, aquí (en mi país), el lado cursi de la vida se empieza a revelar. Poco a poco, con calma, se empieza a revelar. Uno recuerda a los amigos de la Universidad, uno recuerda el Salmo que se sabía de memoria: “Hashem, no me reprendas en tu ira ni me castigues en tu enojo. Apiádate de mí, Hashem, pues estoy abatido. Sáname, Hashem, pues tiemblan mis huesos de terror...”. Uno recuerda. Uno recuerda las cosas. El Pibe Valderrama, Ernesto Sábato, “...de piesdescalzos y de sueños blancos,/ fuistes polvo, polvo eres-piensas / que el hierro siempre al calor es blando”...Y uno se hace más fuerte. (No todo está mal. No todo está mal). Y uno logra mirar hacia adelante; uno logra darse cuenta de que “ahora” va a ser “ayer” y de que ese “ayer” (que es “ahora”) no va a ser tan dramático como uno creía.

Y uno sale de ahí y camina. Uno va: audífinos, morral, bluyines. Uno anda por los andenes del presente: libros, anteojos, lapiceros...Primera parada: café, galletas Oreo, Coca Cola Light. Un mensaje de texto: “Escribo para avisar que llego un poco tarde. Mucho trancón”. Y uno va: árboles, nubes, gentes, humos, gases, piedras, aguas, paraguas, pastos, tiendas, carros...Segunda parada: otro café, manzana, libretica de apuntes: “El lado cursi de la vida se empieza a revelar”.

uno llega, después, al quehacer; a la brega. Un escritorio cargado de sombras; de pájaros; de la lluvia de vivir. Hay cosas. Siempre hay cosas. Siempre hay cosas en el escritorio: dos marcadores de tablero ( uno negro, uno rojo), un tarro de pegante (marca “Colbón: pegante universal”), muchos libros (como dos mil), papel, lápiz, lapicero, tierra, un D.V.D (8ymedio de Fellini), una carpeta, un termo con té, un paquete de cigarrillos escondido en la carpeta, una moneda, un cuaderno abierto, una mano, un codo, un antebrazo, un ojo, un pelo, un planeta entero, una grapadora, una nota post-stick que dice: “Recordar: preguntarle a los niños de octavo si esas caricaturas japonesas se pueden ver gratis por Internet”, una ciruela, un tajalapiz, un borrador de tablero, un diccionario, otra moneda...

domingo, 23 de febrero de 2014

YOGA

Antonio Saura, Grito Nº 7

Ese muchacho con pintita de gitano llegó al borde del abismo y llegó…

Desde cualquier otra perspectiva hubiera parecido un muchacho que llega y llega a una colina con el propósito, aparentemente espontáneo, de madurar, o de hacer cualquiera de esas cosas absurdas que hacen esas gentes, solitarias y rotas del espíritu de vagar en la soledad misma del vagar, cuando deciden, de modo aparentemente espontáneo, ingresar a las distinguidísimas academias de yoga.

Cualquiera, desprevenido y juzgador de las imágenes rápidas que aparecen, de repente, en la vida, hubiera creído que era un muchacho, hermoso (sí), a punto de hacer alguna posición o peripecia yoguística en el borde de un abismo mágico. Magiquísimo. Imagen (eso sí) bien interesante para aquellos (practicantes del yoga) que les gusta tomarse fotografías imposibles para luego retocarlas al blanco y negro y remontarlas en sus distinguidísimos medios masivos de comunicación masiva e, insólitamente, social. Social, social, social.

Nuestro muchacho, desinteresado de esas adaptaciones desatinadas de un mundo tan innombrable y tan inconcebible como lo es el universo de la palabra secreta del Bhagavad Gita…Nuestro muchacho, desinteresado de todo esa drama, parado ahí, se disponía a recitarle un poema a su perro que había muerto esa misma mañana. Un espléndido Bullmastiff que sólo sabía de dos cosas en esta vida: aullar como un lobo enloquecido cuando salía el sol y llenar las paredes de óleo cuando había óleo. Óleo, óleo, óleo.

Y en el abismo ese, al poema, al poema ese, que nunca estuvo en la punta de la lengua, le era imposible salir. Entre el dedo de pie partido de un horizonte que flotaba, el poema; el poema ese sobre un perro que había conocido las cosas silenciosas que le regala el arte a la gente; a la gente esa que anda en una vida flotante de los flotamientos absurdos de no concebir las cosas en su estado sólido, el poema ese no salía. No quería arrojarse. Ya la vida ( ya las cosas) eran demasiado poéticas; demasiado en el abismo para que se forjase un poema que tenga algo que ver con el abismo; que tenga algo que ver con el poema… Cuando hay poesía, diría mi cerebro alarmado,  es imposible que haya poema.

Y sí. No era yoga lo que había ahí (ni mucho menos, hombre), era poesía. Simple y llana poesía.
Poesía
         poesía
                  poesía.   

viernes, 13 de septiembre de 2013

IMITADOR

Fotografía de Héctor García, Entre el progreso y el desarrollo.




Es muy fácil hacer las cosas. Todo es cuestión de inventárselas.

Yo, por ejemplo, me levanté un día y dije: “me voy a inventar que soy escritor”. Y al año ya tenía un libro publicado y un montón de amigos poetas y un estilito de vida todo de escritor. Yo pasaba por la calle y la gente decía: "Uy, uy, ahí va un escritor”. Y me pasaban todas esas cosas raras que le pasan a los escritores. En un abrir y cerrar de ojos ya estaba dando entrevistas sobre mi escritura revolucionaria que mezclaba la
prosa y el
verso
sin avisarle
al lector.

La verdad es que la vida empezó a adquirir un tono un poco más enloquecido del que  yo realmente quería. Entonces paré mi bohemia inventada (¡Hola, soy un escritor!). Me conseguí una novia, me puse a trabajar y volví a  la Universidad. Así nomás: me convertí en un hombre de bien (de nuevo en la casa de mis padres, sopita caliente, trabajo, estudio, amor, dormirse temprano, ver algo de televisión, leer poco (porque hay que estudiar) y así. Delicioso). Es que es muy fácil hacer las cosas. Todo es cuestión de inventárselas.

El problema con todo eso es que de repente uno abre los ojos y se dice a uno mismo: ¿Qué hago aquí?, ¿Por qué estoy en un salón estudiando la teoría estética de Walter Benjamin?, ¿Por qué tengo una novia?, ¿Por qué estoy desperdiciando mi vida viendo programas de televisión? Y uno pude calmar esa preguntadera con algo de ejercicio o con un poco de goticas de valeriana, pero, cuando todo parece volver a la normalidad, aparecen de nuevo:

- ¿Por qué estoy aquí?
- ¿Por qué estoy aquí?

- La vida no pude seguir siendo este bulto de papas. ¿Cómo llegué a esta situació…
- La vida no pude seguir siendo este bulto de papas. ¿Cómo llegué a esta situació…

-…
-…

-¿Me estás imitando?
-¿Me estás imitando?

-…
-…

- No es bonito que lo imiten a uno. Uno siente como que no puede seguir hablando porque en cualquier momento siente como que la voz del otro ya se viene encima. No es fácil  explicar ese horrible senti…
- No es bonito que lo imiten a uno. Uno siente como que no puede seguir hablando porque en cualquier momento siente como que la voz del otro ya se  viene encima. No es fácil  explicar ese horrible senti….

-Puta vida. ¿Quién eres? ¿Por qué me imitas?
- (…) vida. ¿Quién eres? ¿Por qué me imitas?
-  ¿No puedes decir  la palabra “puta”?
-  ¿No puedes decir la palabra “(…)”?.
-Ah, qué bien. Entonces no me puedes imitar.
-…
-…

-Es cierto. Ya no puedo imitarte. Disculpa. Todo parecía tan divertido.

-¿Quién eres? ¿Por qué no puedes decir la palabra “puta”? ¿Eres marica, o qué? Es sólo una palabra: "puta, puta, puta, puta, puta, puta, puta, puta, puta, puta, puta, puta".

- Está bien. Tienes razón.

- Intentémoslo juntos.

- Va.

- uno…

- dos…

-yyyyyyyyy…

-tres…
- - puta, puta, puta, puta, puta, puta, puta, puta, puta, puta, puta, puta…


- Qué lindo, ya te puedo imitar de nuevo.
- Qué lindo, ya te puedo imitar de nuevo.
- No. Te adelantaste. No me imites. Yo soy el imitador.
- No. Te adelantaste. No me imites. Yo soy el imitador.
- Puta vida. Me estas dando de mi propia medicina. “Los pájaros tirándole a las escopetas”.
- (…) vida. Me estas dando de mi propia medicina. “Los pájaros tirándole a las escopetas”.


jueves, 8 de agosto de 2013

CRISIS

Francisco Collantes , San Onofre



Para el patico lindo.


Este cuento habla de muchas cosas. Pero, para desencanto de los lectores (que serán unos pocos haraganes), las cosas que se cuentan a continuación no se explican con rigurosidad, es decir: no se entienden como a mí me gustaría que se entendieran. Para no seguir dando rodeos, lo pondré en las siguientes palabras: este cuentito está construido bajo una prosa cargada de un ritmo absurdo; un ritmo que sólo le suena bien a una persona: a mí mismo.

Me daba risa. Llegaba la gente y me preguntaba: “¿A ese man amigo suyo se le moja la canoa, o qué?”
Y yo me empezaba a imaginar una canoa flotando en la mitad de un mar infinito (aunque no tendría sentido hablar de mitad cuando se habla de infinito). Y adentro de la canoa un viejito tomando vodka mientras  meditaba con el sonido del humo que le iba saliendo de sus chancletas rotas; esas chancletas magulladas de tanta poesía y tanto fracaso convertido en líquido de sal.

Me daba risa. Salía a caminar por la calles y la gente hablando de economía y de políticas públicas.
Y yo buscando un arbolito para poder tirarme a fumar un cigarrillo mientras miraba cómo se le movían los labios a esa gente rara que entendía las noticias del periódico: “SE AHONDA CRISIS POR PARO EN REFINERÍA DE CARTAGENA” … me imaginaba a mí mismo llegando muy cortésmente donde esas gentes serias y preguntándoles: “disculpen, señores, ¿hay que trabajar en una oficina para entender qué es una refinería?, ¿por qué ese verbo “ahondar” seguido del sustantivo “crisis”?”

Hasta que un día dije: “mierda, no más”. Y llamé a mi hermano menor y le propuse que nos fuéramos a andar por la carretera durante varios meses. Mi hermanito me dijo que hágale; que de una. Y salimos de una. Escapados de “¿a ese man amigo suyo se le moja la canoa, o qué?”  y de “se ahonda crisis por paro en refinería”… y a caminar como Dios manda. A darle. A trajinar por los andenes del mundo. A dormir tirados en las carreteras de este universo loco. A buscar papelito y lápiz para ir escribiendo las memorias de dos hijueputicas creyéndose lo más soyado sobre la faz del planeta tierra. Andábamos así, todos loquiados, robándonos puertas de madera para triturarlas y armar fogatas en la mitad de la calle. Nosotros ahí, con ojos poéticos, en la mitad de las avenidas,  viendo cómo los carros salían disparados a sus respectivos hogares (donde el señor llegaba muy serio de trabajar y saludaba a sus señora de besito en la boca y los niños tomaban su chocolate mientras jugaban con sus distinguidos aparatejos).

- Camine, mi hermanito, que falta mucho para el siguiente pueblo.
- Es que estoy mamado, mi hermanito, pero hágale, hágale… hágale que no hay mañana. A caminar, a caminar que el mundo se va a acabar.

…y levantarse y hacer cafecito por las mañanas y oler esos vientos raros que trae el mar. Y caminar y caminar y hablar sobre la vida de las mariposas y sobre el disco Rubber Soul de los Beatles y sobre ese japonés que es el mejor arquitecto del mundo… y andar y olvidarse del arte de interpretar los sueños; olvidarse de los nostálgicos amorcitos del colegio. Fumar tabaco fresco y volver a prender la fogata y volver a levantarse y volver a hacer cafecito por las mañanas y oler esos vientos raros que trae el mar. Y caminar y caminar y hablar sobre la vida de las mariposas…


Y llegar a esa casita que se veía a lo lejos y tocar la puerta y decir: “Buenas noches, señora, ¿cómo está usted?, venimos desde muy lejos y necesitamos un poquito de agua. Sería usted tan amable…”   y la señora ahí mismo: “Ay, muchachos, qué cosa tan terrible… se ven demacrados. Sigan, sigan… este país está muy mal, cómo dejan desamparados a unos muchachos tan bonitos, eso es por pura culpa de la crisis. ¿Sí supieron que ahora se está ahondando la crisis por paro en la refinería de Cartagena?”.

jueves, 18 de julio de 2013

CHISPA


Wassily Kandinsky, Composición X




Bailar el jazz es como ir comiendo empanadas mientras el juguito de limón -todo mezclado en salsa picante- se va chorreando lentamente por los cachetes. Es esa dulce algarabía que se produce en las tripas cuando uno se da cuenta de que, por un instante, la gente pierde la memoria. Es esa sensación de atrapar a la chica de uno y decirle: “Ternura, te quiero chupar ese espíritu flotante que tiene tu músculo cardiaco”.

Lo difícil viene después… : llegar al cuarto y ver que las cosas siguen intactas, absurdamente intactas. Es eso de vivir aquí, en esta ciudad construida por un enorme armazón de acero donde el tiempo parece quedarse atascado. Donde los amigos del colegio se pasan la vida hablando de los amigos del colegio y de lo feliz que era la vida antes de percatarnos de que hemos vivido siempre aquí, así, adentro de este lugar donde el tiempo ni siquiera es tiempo; donde las cosas ya no tienen nombre porque se les llama desde un pasado que, así no pueda ser recuperado, todos lo quisiéramos recuperar.

Todos quisiéramos salir a bailar el jazz y llegar a nuestros cuartos y que todo sea distinto. A todos nos gustaría que caiga una lluvia de audífonos o que el mundo se convirtiera, de repente, en una torta gigante de árboles y acetaminofén; en una cascada de óleo sobre tela. 
Pero no. Las cosas permanecen intactas, absurdamente intactas.

A pesar de todo ese atasco, hay algunos de nosotros que vemos una luz, o por lo menos una chispa. Andamos con el pelo largo, con un morral lleno de libros y con los bluyines untados de clorofila. A pesar de que sabemos que todo va a seguir igual, el espíritu de andar sigue vivo en nuestras médulas. Porque la vida, de vez en cuando, regala pequeños instantes de fosforescencia que hacen que todo –así nomás- sea digno de vivirse. La vida es digna de ser vivida porque podemos bailar el jazz …
…por eso yo, el que aquí te habla, te puedo ir hablando así, de esta forma tan líquida y tan tronchada. Y te hablo a ti, ternura. Y te invito a vivir conmigo en una campiña construida por flautas y café, y nos tiramos en la hamaca a leer relatos de Tolstói y nos tomamos unos whiskys con soda y yo te escribo poemas –porque yo soy como un Rimbaud del siglo XXI- y tú sales en las mañanas a trabajar seriamente y yo me quedo ahí, en nuestra campiña, sin camiseta, con los calzoncillos al aire, descifrando la visión de los pájaros. Y el vaso de whisky le va revelando al mundo que lo que yo te escribo (esto mismo que te escribo ahora) viene desde las estrellas. Porque mis palabras hace mucho que no son mis palabras. Porque mis palabras no son de este mundo: son de las nubes; son de los aguaceros de saturno; son del olor a ceniza que esconde la barba del pirata…

…y seguir bailando el jazz, olvidando ese revoltijo de tráficos; de orín; de vidrio; de gramáticas; de ortografías. Y, después, volver a esta ciudad construida por el armazón de acero inoxidable. Pero volver mejor: con un poco más de chispa para seguir viviendo; para seguir rogando por la lluvia de audífonos. Esperar, con más elegancia,  la caída de esos discos de música vieja que se van a explosionar en nuestras caras y van a dejar nuestros músculos rotos, volando por ahí, radiantes, absolutamente radiantes.  

martes, 2 de julio de 2013

HACER MAGIA

Jackson Pollock, Convergence.  



Para Carolinita:
el aguardiente,
la manga poma,
el Rock And Roll.


Nick Drake se suicidó una mañana de 1974. Se tomó un tarrado de antidepresivos y se derrumbó bellamente frente a su plato de cereal. Nick era uno de mis mejores amigos, pero, a pesar de ese título tan pomposo, yo nunca lo traté de convencer de que sea feliz. Yo, a diferencia de todo el mundo, entendía la naturaleza de su infinita tristeza. Es decir: yo entendía la naturaleza fastidiosa de las cosas en general. Para Nick, era el mundo el que había conspirado para hacerse cada vez más gris; cada vez más falto de magia. Era algo así como esa hermosa metáfora en La historia interminable de Michael Ende, donde el mundo de Fantasía empieza a desaparecer porque los hombres se empeñan demasiado en demostrar las cosas científicamente. 

El buen Nick tenía las manos  gigantescas;  tan gigantescas  que podía hacer acordes impensables en su guitarra. Eran tan ilusorias sus melodías que la guitarra misma se sorprendía de que un simple mortal pudiera sacarle esos sonidotes; esas músicas extrañas compuestas para pintar de rosado un universo que se esforzaba cada vez más en perder sus colores pastel. Gracias a su digna forma de caminar en su propia trocha imaginaria, Nick vivía en la esquina de la galaxia tratando de disparar flechas al infinito; tratando de luchar contra esas fuerzas malvadas que aseguraban que el mundo lo gobernaba la finitud.

Por eso, y por bajones de esa índole, la cosa siempre fue difícil para Nick. La situación era más clara que el agua: es que es muy complicado venir a este mundo con la misión de esparcir la magia y que haya un puñado de gentecita ensañada en decir que las cosas deben ser comprobadas por los cinco sentidos.  “¡Los hechos!, ¡los hechos!, ¡lo que importa es lo práctico!”, y cosas de ese tipo eran las que hacían que la vida de Nick se convirtiera en una cosa demasiado extraña; en una lucha que parecía no tener sentido. Para él -y para muchos de nosotros- la vida se hacía descomunalmente rara: un vaso de vodka con hielo, un paquete de cigarrillos Camel en sus bolsillos rotos, la bendición de su madre, un poco de ejercicio para desentumecer sus largos dedos… y a la vida. A esa vida rara donde las cosas bonitas se iban desvaneciendo a velocidades increíbles.

A esa vida rara donde una vez decidió invitar a la chica de sus sueños al concierto de Bob Dylan en Londres.  Nick estaba tan enamorado que decidió  perderse casi todo el concierto para hacer una fila de dos horas y media y llevarle un sándwich a su querida princesa. Tratando de colarse, recibió un puñetazo brutal en el ojo izquierdo que no le impidió terminar su noble misión. Cuando llegó con la sorpresa; con ese delicioso sándwich que había sido luchado a muerte, la muchacha miró la comida como si estuviera cubierta de excremento. Cogió el sándwich con dos dedos, lo abrió, lo inspeccionó, le sacó todo el jamón, tiró la lechuga; tiró el queso; el tomate; los pepinillos; las aceitunas y se quedó con dos insípidas rebanadas de pan. “Pero mi amor lindo –decía Nick- tengo el ojo destrozado por ese sándwich. Te lo pido, muñeca, no me desprecies así”…

 ...en el fondo sonaba A Hard Rain's a-Gonna Fall y la gente se enloquecía de euforia; de felicidad absoluta. Pero Nick no, a él le parecía triste todo eso… ¿por qué “hard”?, ¿por qué “rain”?, ¿por qué “a-gonna”?, ¿Por qué “fall”? Entonces, su mundo se empezaba a derretir; sus pensamientos empezaban a deambular por esa atmósfera infinita que atacaba su razón: “¿Será que el amor de mi vida ya no me quiere?, ¿será que existe una muchacha en este mundo que no refute mi sándwich?, ¿será que algún día podré ser tan feliz como toda esta gente que canta y baila la música de Dylan?, ¿será que busco un nuevo oficio?, ¿qué es la música?, ¿será que Dios existe?... Quiero unas goticas de valeriana para calmar esta ansiedad. Tengo que calmarme. No todo es malo, no todo es malo: el mundo, muy en el fondo, está construido por el sonido de la espuma”.